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jueves, 22 de febrero de 2018

Resiliencia (continuación)


[...] Marta se había ido, y ni una sola noticia. Los amigos comunes se separaron de mí exactamente igual que ella, esquivando. Desde el portazo de hace un mes, aumenté de peso y se me cayó un montón de pelo. Creo que perdí un pelo por cada una de las veces que pensé en ella. 


Vanina pasó a buscar las cosas de Marta justo el día de la tormenta. Se habían caído varios paraísos y algunas ramas de eucalipto, como si el viento se hubiese identificado conmigo. Vanina me devolvió las llaves junto con el llavero vintage de metal con forma de M, que le regalé a Marta cuando nos mudamos. Acomodó todo meticulosamente en cajas de cartón acanelado que tenían grabada la palabra Ikea, escribió en cada una de las cajas la lista del contenido, y las fue sellando con cinta de embalar marrón. Realizó su misión casi sin dirigirme la palabra, sin contestar y casi sin mirarme. El ruido que hacía la cinta el estirarse, pegarse y cortarse, seguía el ritmo de un texto tácito, el compás de un guión que parecía escrito por avispas. Vanina se llevó todo a la calle a esperar el flete con tormenta y todo. Ella hacía de amiga amortiguador, era la suspensión entre Marta y yo, es decir, permitía el movimiento relativo entre Marta y yo. Ese día perdí pelo con creces, tanto que a la mañana siguiente casi no me reconozco, di parte de enfermo y me quedé en la cama.


Cuando yo volvía tarde, Marta siempre ya había cenado sola. La encontraba en la cama, con la televisión encendida, el control remoto apoyado en mi almohada, a su izquierda, el celular sostenido con su mano izquierda, medio oblicuo, como para poder mirar la tele y el celular a la vez, la mano derecha en el aire, suspendida, esperando la orden que le daría su cerebro de abrir alguna aplicación, de contestar algo por whatsapp, o por mail, o de abrir la galería de fotos. Nunca se ponía un piyama entero, usaba partes de ropas desmembradas. Por ejemplo, pantalón con dibujitos de aviones y ovnis con una vieja remera que nunca se puso para salir, o una batita de piyama decorada con encajes, combinada con un bóxer de hombre, comprado en una tienda barata. Marta era una mujer práctica, aunque vanidosa y hasta provocadora. Podía ponerse prendas que tenían menos vínculos entre sí que un pulpo y una uña recién cortada, y sentirse sexy por adentro y por debajo de la ropa. Así embobaba los sentidos masculinos con facilidad. Ella lo tenía bien claro, y a veces hasta disfrutaba embobando a hombres porque sí, en especial si estaba yo presente, era un juego previo que a veces hacía durar días.




Me había despertado hacía rato, y estaba preparando las tres tostadas de pan blanco en la penumbra. Había abierto las persianas por la mitad, por temor a que se rompan. Si pasaba que se rompía una persiana, o perdía una canilla, o se rajaba una puerta, se descascaraba una pared, o se quemaba una lamparita, podía quedar así por los siempres de los siempres, por los siglos de los siglos, por toda la eternidad. La casa se iría cayendo a pedazos, hasta quedar en pie solo el esqueleto, como una prueba de que antes había una casa que alojaba vida en ese predio. La eternidad no era algo indefinido para mí, sino el origen mismo de mi morosidad, empujaba la rueda de un círculo vicioso que funcionaba a la perfección. Una de las propiedades que más me gustaban del carácter de Marta era la agilidad con la cual hacía todo, es decir, si había que hacer algo ella lo hacía, jamás dejaba algo para mañana, salvo que lo planee así por alguna buena razón. Para mí nunca había una buena razón para hacer nada. Un desconocido podía pensar que era un parsimonioso, un flemático, un apático; y eso me teñiría con un tinte misterioso, retorcido, torturado. Pero no, yo era un mero deudor, y esa deuda me carcomía los músculos del tórax. Siempre en déficit frente a la obligación.

El plato quedó sin lavar. La mirada fija en un punto en la pared. "Resiliencia es un término inexistente", pensé, "definitivamente inexistente". Marta me lo había dicho. Más bien me lo había anunciado en un anuncio que pretendía pasar de incógnito. "Lo que a vos te falta es poquito de resiliencia", me había dicho, como si decirle a alguien que es un inresiliente fuese la cosa más natural del mundo. Yo sabía muy bien que ella no decía nada al pasar, aunque parezca que sí. Ni siquiera levantó la vista para mirarme cuando me lo dijo, no le importó mucho si yo la oía o no, lo único que quiso en ese momento era decir lo que tenía para decir. Me levanté inmediatamente, abrí la computadora y busqué la palabra resiliencia. El primer diccionario que saltó en la búsqueda me prometió que el vocablo no tenía concordancia alguna con ningún término. En las conversaciones con Marta, yo solía pensar las respuestas en lugar de decirlas, así que ella quedó mal parada frente a terceros por un mal entendido conmigo en varias oportunidades. En esos casos, yo le decía que ella tenía razón, y ella me perdonaba. En el último tiempo, antes de su partida, esa dinámica estaba fallando. Muchas cosas estaban fallando. Ella decía que desde que nos mudamos a esta casa, la cual llamaba "la casa maldita", había un cortocircuito en nuestra capacidad adaptativa. [...]

lunes, 19 de febrero de 2018

Así arranca mi nuevo proyecto de escritura: "Resiliencia"




Marta me tiró el zapato izquierdo por la cabeza, el taco estilo cowboy me dio justo en la ceja izquierda, como sincronizado, y un poquito de sangre me llegó hasta el ojo. Aunque no sentía dolor en la ceja, que había quedado anestesiada, el dolor se extendía, sordo y mudo, desde la cabeza hasta los pies. Mi reflejo en el espejo de la entrada me pareció ser de otro, como si mi interior completo hubiese salido de mi cuerpo, y ahora estuviese yo observando a un extraño que me observa. El extraño tenía una expresión pesada, como si no se hubiese bañado durante un mes entero, y estaba encorvado como un poste de luz. Las manos a los costados, colgando al final de unos brazos que parecían miembros falsos, como fundas de tela rellena con lana o con retazos de otras telas. Llevé mi mano izquierda a la ceja sangrante y me sorprendí de que ese extraño en el espejo pudiese mover la mano. Marta salió de un portazo, descalza, y el sonido de la puerta metálica retumbó en el pasillo, retumbó en mi cerebro, resonó en mi lóbulo temporal, y despertó finalmente a mis neuronas, que habían estado embutidas en el reflejo de ese extraño en el espejo, como si fueran el relleno de una morcilla. Marta se había ido. La falta de Marta retumbó más fuerte que la puerta.


Marta me contaba sus sueños, era cosa de casi todas las mañanas, una vez me contó que soñó que dormía, y yo le pregunté si eso podía considerarse un sueño, "tonto", me contestó, con esa energía que ponía en la palabra "tonto", cuando me la decía a mí. Marta tenía una energía única, que se expandía por cualquiera sea el espacio donde estaba. Cuando estaba en el subte con ella, por ejemplo, la energía que emanaba coloreaba cada espacio vacío de una fuerte vivacidad, cosa que me encantaba. Su energía se inyectaba entre los pliegues de las camisas, en los agujeros que habían dejado las agujas en las costuras de las camperas, en las arrugas de las medias, en los espacios psicodélicos que formaban los anillos y collares, y entre las minúsculas gotas de agua en las ventanillas empañadas.


"Es un dulce", decía Marta cada vez. Ella miraba a ese perrito intruso, que había logrado adentrarse en casa casi sin batalla, y decía "es un dulce". Tulski prianik, le había puesto ella de nombre, en honor a un dulce popular ruso. Tulski no tenía nada de dulce para mí, y si tenía algo de ruso era su parecido a Putin. Ella también pensaba que se parecía a Putin, pero no lo llamó Vladimir, lo llamó Tulski. A Marta la conocí en el veterinario. Yo había llevado una tortuga herida que había encontrado en el medio de la calle y que terminó mal, el veterinario no la pudo salvar y hubo que adormecerla. Marta me dijo "lo siento, yo sé lo que se siente", y aunque yo no estaba seguro de lo que sentía, en ese instante supe que ella sabía todo de mí, que yo era un libro abierto escrito en lengua materna para ella, y así iba a ser para siempre.


El zapato de Marta todavía estaba en el pasillo, a un metro de la puerta de entrada, casi tocando el zócalo de la pared blanca impecable, pero lo suficientemente lejos como para no pertenecer más a esta casa. Tulski tampoco lo movió. Me imaginé moviendo ese zapato huérfano, me vi tirándolo por la casa hasta que Tulski corriera a buscarlo, me vi ganándole de mano, agarrándolo yo primero, me vi negándome a dárselo, a lo que el perro ciertamente reaccionaría llorando, y ese llanto haría que Marta volviera. Después sentí culpa por haber pensado en hacer llora al perro, y me arrepentí de haber barajado la posibilidad de hacer volver a Marta de esa manera vil. Habían pasado tres días y ella no vino, ni llamó, ni contestó nunca el teléfono. No estaba en ningún lugar. Me esquivaba. Su esquiva era como una ejecución lenta, paulatina, que vaciaba pausadamente mi ánimo de cualquier felicidad. Marta me despojaba de su presencia en cámara lenta. Su ropa, su champú, su cepillo de dientes, sus carpetas, sus libros, los cubiertos que habían sido de ella de antes, y hasta el ventilador que ella odiaba pero que era entrañablemente suyo, todo eso estaba en casa. Marta estaba en casa, pero sin Marta. Era una agonía.


Al final terminaron por echarnos del cine, de tanto que nos reímos. Era una película de terror, pero tan bizarra que parecía una parodia. Así solíamos reírnos Marta y yo. Yo le decía que tenía dientes de cocodrilo, y ella se reía más. Cuando se reía abrazada a mí, su tórax subía y bajaba, y sus pechos se volvían olas de océano atlántico al amanecer. Entonces yo apoyaba mi mentón en su cabeza, y sentía que la abarcaba toda, y que al mismo tiempo ella era mi pilar. Marta era chiquitita, tenía las manos y los pies pequeñitos.



Pasábamos tardes enteras sin hablar, especialmente en verano, cuando los días eran largos y los atardeceres eran rosas, celestes, naranja y amarillos; como si millones de luciérnagas enloquecidas llenaran el cielo exhibiéndose, desnudas, atrevidas, mostrando su luminaria audaz, y haciendo cara a la noche. No hablábamos, pero nuestros pasos por la casa eran como una danza, una coreografía perfectamente sincrónica. El cuerpo de Marta parecía estar en muchos lugares al mismo tiempo, y su andar era siempre silencioso, casi sigiloso, como un gato. Siempre pensé que se parecía a las algas largas, delgadas y danzantes. Me gustaba su cuerpo de fleco, de alga, de gato, de ciempiés humano.[...]





miércoles, 7 de febrero de 2018

La Inercia - Capítulo I - pequeño fragmento




[...] Quizás esa era una de las fuentes de mi incansable búsqueda de justicia. O mejor dicho, de mi sufrimiento ante la injusticia. No hay nada más injusto que sufrir por la injusticia misma, así que mi sufrimiento era doble, el causado por una injusticia dada y otro por la injusticia de sufrir injustamente por esa injusticia en la que no tenía parte. En realidad, mi sufrimiento era triple, como los sándwiches de miga, o cuádruple, o en cierto modo infinito. En otras palabras nací para sufrir. Pero no un sufrimiento común, sino para sufrir un sufrir paradójico. Es la paradoja misma dentro de la paradoja que promueve más sufrimiento. Es como la paradoja antropológica de Bateson en su teoría del juego y la fantasía 'This is play'. Haciendo un paralelo para la ocasión: 'Esto es injusticia (por lo tanto sufrimiento)'. 'Esto es sufrimiento injusto (por lo tanto injusticia)'. Y así hasta el infinito. Nunca se sale. Es un barril sin fondo, o mejor dicho, una valija con doble fondo, una galera con fondo sorpresa, un vaso telescópico, un resorte, un set de matryoshkas de infinitas piezas, un holograma, una geometría fractal perfecta. Es como la paradoja y el proceso en Los Pasajes al Juego de Handelman, donde el borde entre lo que es juego y lo que no lo es no es un límite afilado como una raya, o claro como un paredón, sino que más bien es un pasaje, algo con grosor, con cuerpo, un espacio que quizá contenga a la paradoja misma, un margen, un intersticio espeso que conviene investigar. Claro que en ese entonces yo no sabía nada de eso, me limitaba al acto de cerrar una cortinita imaginaria entre mis compañeritos y yo. Era una cortinita que yo cerraba con la mano de un tirón, de tela marrón, no muy gruesa pero tampoco transparente, colgada de un hilo lo suficientemente fuerte como para soportarla, entrelazado en unos agujeros bastante grandes en la parte superior. Es notable que mi imaginación haya detallado todo lo referido a la cortina de delante de mis ojos pero no haya ido más allá. ¿Dónde terminaban los extremos del hilo? ¿Quién los sostenía? Si mi imaginación hubiera completado el contexto en ese entonces ¿Hubiese estado yo inmersa tanto tiempo en la paradoja del sufrimiento? [...]


viernes, 3 de marzo de 2017

"Camina sin mirar atrás"

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[...] "Camina sin mirar atrás", rezaba el prospecto que me había llevado sin ganas hasta ahí, persuadida por esa esperanza inútil, que en realidad reflejaba desesperanza. Pero no era una desesperanza tiesa, sino la más activa de las desesperanzas, la más inquieta, presta y eficaz. Me descuartizaba y sujetaba a la vez todos mis miembros, haciendo de la contradicción la dicción más refinada, como un magma sutil, casi imperceptible, que igual es percibido. 

Así era mi desesperanza con camisón de esperanza, próspera y acogedora al fin. Como solía pasarme, no tenía ninguna expectativa de que vaya a ser de mi agrado toda esa parafernalia de "Taller experimental del ser", que iba a durar tres días. Además, el desayuno había dejado mucho que desear, y eso enmarcaba toda la mañana en un el marco de "no llega al nivel deseado". En la escala de cero a diez, todo empezaba de bajo cero para mí. 


Sin embargo, había algo alentador en esa esfera artificial, tal vez era el color celeste del cielo despejado y sonriente que relucía en los carteles propagandísticos del taller (que acompañaban cada paso, desde los pasillos, hasta el modesto comedor), que no era de un celeste cielo, sino turquesa de marcador Pelikan. A decir verdad, la artificialidad no le quedaba nada mal. Quizás eran los pesados cortinados del salón donde se dictaría el taller, que taponaban todo rayo solar, y cubrían la energía vital como un taparrabos; o el rostro bidimensional del joven que apoyaba un platito con galletitas en una mesita circular incrustada en uno de los ángulos de la sala, lo que le daba a la realidad un toque arrugado. 


Llegado ese punto, estaba claro, por lo menos para mí, que el taller iba a tratarse de la experimentación de la artificialidad. Ahora todo se había tornado interesante e inteligente, todo iba acompañado de la virtud del significado. ¿Por qué no era yo capaz de encontrar un significado para mí, con la misma facilidad con la cual lo había localizado para ese taller, que había sido alguna vez insignificante? 


Maravillosamente, una de las prácticas que recomendaban en el taller era la de preguntar. Pero no preguntar cualquier cosa, sino interrogarse a uno mismo interpelaciones de esas que no podemos contestar fácilmente. En un instante de revelación, supe que mi vida toda había sido un taller experimental del ser, solo que no de tres días. Estaba repleta de sabiduría sobre el oficio de preguntar, podría dictar a ciegas un taller como ese, aunque esa no era mi intención. ¿Pero cuál era mi intención? 


Había concurrido a ese taller para encontrar respuestas y ahora no me quedaba otra cosa que la desilusión. Aunque había acudido sin expectativas, la desilusión que sentía me mostraba la ilusión que arrastraba conmigo. Esa era una cosa seria, que no se podía dejar de lado como quien no quiere la cosa. Tenía que tomar las riendas, desarmar ese poder de arrastre, desarticular el mecanismo del anhelo como se desarticula el engranaje de un reloj. Era demasiada tarea para terminarla en una mañana, y el susodicho taller ya estorbaba. 


Emprendí el regreso con pasos apresurados, como quien se escapa de un sueño al despertar y abrir los ojos, como quien sale corriendo a la velocidad de la luz después de tocarle el timbre al vecino y no ve la hora de llegar a la esquina y esconderse, para espiarlo y reírse a su costa y a sus espaldas. Cuando salí del lobby ya no había sol, y una llovizna incandescente de nubes hacía más amarga la desilusión. De chica tomaba un remedio amargo como la hiel para bajar la fiebre, venía en un gotero de vidrio marrón que se me hizo igualito a la llovizna.
[...]



lunes, 13 de febrero de 2017

Una belleza cuántica




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Todo tiene su pro y su contra. Ya se ha dicho que la suerte de la linda la fea la desea ¿qué más se puede agregar?


César Aira se pregunta en la página 36 de "Cómo me reí": "¿Por qué hay que ser bueno, bello, feliz? ¿Acaso está prohibido ser malo, feo, desgraciado? Ésta es una verdadera disyuntiva, especialmente para la fea suertuda.


La aceptación social de ser malo, feo, desgraciado, sería una posible solución al dilema. Si se toma como premisa admisible que hay que ser feo, malo, desgraciado; en otras palabras, dar vuelta los tantos, se encuentra un destornillador que desatornilla la hipótesis. Hablando honestamente (si existe tal habladuría), todo es una convención social, hoy es una y mañana es otra, la vida es algo dinámico. Tampoco podemos obviar el concepto de hecho alternativo, porque es parte del discurso contemporáneo. Este tipo de hecho es un aquí y un ahora cuántico, ya que la elección va por parte del observador, que decide cuál es la realidad, cuál es el hecho.

Desde otro punto de vista cuántico, también se puede ergotizar que hay que ser bueno para ser bello, y que si eres bueno (y bello por consecuencia) entonces eres feliz. Por el contrario, hay que ser malo para ser feo, y entonces eres desgraciado como resultado. Éste razonamiento incluye la agencia individual, sin excluir el determinismo. Queda correctísimamente bien con dios y con el diablo, con el pan y con la torta.

Una vez oí a un hombre por la calle (que debía de estar hablando por el celular, o hablando solo) decir que es imposible ser malo y ser feliz, que el malo siempre es infeliz, que la maldad es excluyente en cuanto a la felicidad se trata. El hombre decía también que ser malo siempre tiene el agregado de ser tonto, que era imposible ser malo y ser inteligente a la vez, que la maldad en sí era estupidez. Era un argumento muy elegante que había quedado estancado en el bullicio de la ciudad, y ahora está siendo rescatado y revalorado por mí.

En teoría, un desgraciado puede despertar la bondad en un feo, y una fea es capaz de avivar su felicidad a partir de la suerte que tiene, y la linda puede caer en la desgracia por desear esa suerte. Aunque empíricamente habría que demostrarlo. Uno no puede comerse la pizza y dejarla entera (la pizza no responde a la mecánica cuántica).

Asimismo, a veces hay cosas tan bellas que duelen, y te hacen un desgraciado temporario, pero desgraciado al fin. Belleza, desgracia; no felicidad.

¡Esto de refutar, reformular, establecer hipótesis, citar novelas, citar hombres que hablan solos por la calle es apasionante! me atrevería a decir que es algo bueno, bello, feliz; aunque no tengo ánimo de agregar.


sábado, 11 de febrero de 2017

Viajes Astrales



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[...] Era la época de los viajes astrales, del hilo de plata irrompible que ataba al cuerpo astral con el físico y evitaba que el alma no logre volver a este último al concluir su viaje; un viaje que podía ser tan amplio que llegaba al espacio exterior atravesando las paredes. Se había puesto de moda eso de la meditación trascendental, y los chicos andaban programando los sueños. Si querían soñar con esto o con lo de más allá, era sólo cuestión de programarse antes de dormirse, y ellos aseguraban que soñaban con la exactitud de un reloj atómico. 

Para mí, esa práctica se asemejaba al consejo que me había dado ni abuela Ada en mi infancia para dormir mejor: "antes de dormir, pensá en cosas lindas que querés que pasen", me había dicho. Consejo que me ha servido desde entonces para luchar contra la vigilia. Ellos viajaban y se programaban, y estaban muy orgullosos de sus logros. 

Yo sentía que no necesitaba de viajes astrales; o mejor dicho les temía. Me espantaba la idea de que el hilo de plata se rompiese y quedara yo así divagando sin rumbo, o en espiral, viendo siempre las mismas estrellas, o gritando "¡acá estoy!" como una loca, hasta caer de verdad en la demencia; o deshaciéndome en retazos como las telas deshilachadas e incompatibles que se ponen en oferta en el barrio del once ¿Qué sería de mí entonces? ¿Quedaría en el limbo, ni muerta ni viva, como La Bella Durmiente? ¿Seguiría viajando por toda la eternidad? La imagen de mí misma sin poder volver a mi vida ordinaria carcomía de inmediato cualquier entusiasmo que el viaje astral podría llegar a suscitarme. 

A mis dieciséis años todavía no me había percatado que estar sola conmigo misma era de una belleza íntegra, de un vivificante encanto, de un placer infinito; eso vendría después. A esa edad, el ser una misma estaba mediado por otros seres, que eran otros pero que se sentían uno, algo parecido a lo que se debe sentir bajo una aneurisma cerebral en la cual uno pierde el sentido de diferencia con el resto de las cosas y se siente parte de la mesa, de los azulejos del baño, del falso laurel de la vereda, del perro del vecino, del vecino, de la atmósfera, de los planetas, del todo maravilloso e inagotable. 

No sólo que se corte el hilo me daba terror, sino también la posibilidad de que cualquiera de ellos decida programarse a soñar conmigo, y se introduzcan en mi propio sueño, haciendo y deshaciendo a su agrado, entretejiendo narrativas que no serían mías, conectando datos inconexos para mí, o haciéndome mover como una marioneta de las que venden en la feria de Plaza Francia. Cuando me atacaba el pavor, usaba de defensa ese sentir a los otros como uno; "ninguno de ellos me haría eso", me decía a mí misma, y así me convencía, ganándole al desasosiego. 

No recuerdo cuántos meses seguimos así, ellos alborotados cada mañana por sus viajes astrales, contándose unos a otros los sueños que habían programado, los lugares que habían visitado, creando un espíritu de hermandad y de competencia a la vez; haciendo de algo realmente trascendental (como lo es el misterio de los sueños), algo meramente mecánico, como una técnica que había que poseer y perfeccionar, suprimiendo de la faz de la tierra el arte de la interpretación. Viéndolo así, no hay duda de que esa supresión era una atrocidad, una infamia, una brutalidad, producto de la inconsciencia inocente de la edad del pavo. 

Desde la perspectiva de años más tarde, es evidente que ese vandalismo era la raíz de mi rechazo a los viajes astrales; no el riesgo a perderme en el espacio frío y vacío de vida, sin hilo que me ate a mi existencia conocida, sino la probabilidad de terminar con la interpretación, de exterminar los pensamientos sobre los pensamientos, de abolir los cuentos chinos creados a partir de imágenes borrosas de sueños medio olvidados, de apagar la llama que ilumina de sentido lo que no lo tiene, de matar el sano imaginario que al día siguiente de soñar llena de explicaciones los hechos oníricos inexplicables. 

Años más tarde, la causa de mi repelencia a la moda de los viajes astrales se hizo evidente ante mis ojos, como lo es una mancha de tuco en la camisa blanca de un mozo nuevo, ante los ojos del gerente de un restaurante de alta cocina.[...] 


jueves, 2 de febrero de 2017

Una costumbre rusa



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[...] "Se dice ahí afuera que no hay un afuera del todo, que siempre hay un adentro residual, que todo lo que entra tiene que salir, pero que nunca sale verdaderamente todo. Se dice ahí afuera que hay muchas cosas que entender, que no todo tiene solución y que no sólo hay que serlo sino parecerlo. Que todo lo que sube al final baja, que es mejor reír que llorar, y que todo vuelve." 

Eso pensaba ese hombre crudo sentado frente a mí, en el asiento de pana falsa de color ácido que era igual al mío. Aunque no era exactamente igual al mío, el hombre que lo habitaba hacía la diferencia, y lo hacía en el plano de existencia más profundo. Estaba claro, al contrario de lo que pasaba conmigo, que aquél hombre rosado, pesado y ancho, pensaba durante el viaje. 

Con casi plena seguridad diría que era de descendencia rusa, de la URSS de antes. Llevaba una remera gris a la que se le veía solo el cuellito de estilo chomba, saliendo por las cornisas del cuello de una camperita también gris con bordes delineados en dos rayitas blancas paralelas, que nunca respondió a ninguna moda. La cara rosa, los ojos indefinidamente amarillentos, el pelo, que había sido rubio, ahora era también de un amarillo desvaído. El cubre-diente de oro, que llevaba en el primer premolar izquierdo superior y que nunca se dejó quitar, aún luego de la emigración, era de oro rojo de gruesos quilates que acentuaba su apariencia de amarillo sobre gris; como si se tratara de un ejercicio de pintura. 

Seguramente nunca leyó a Dostoyevsky, aunque podría haberlo escrito todo. Ese hombre de aire severo intentaba no cruzar su mirada con la mía, pero incluso así no podía ocultarme que estaba pensando. "Pensar debía de ser una costumbre rusa", me dije para mí, "de hombre ruso que viaja en tren, un hábito que se le habría arraigado desde que fue testigo de cómo su padre acostumbrara a hacerlo, o quizás era genético, y pasaba de generación en generación como una métrica celular exacta que el cuerpo no olvida aunque el alma lo haga; o una tradición folklórica". 

El hombre estaba pensando, y eso definía el espacio entre nosotros, que éramos dos extraños, dos desconocidos, ajenos el uno del otro, pero que compartíamos el espacio comprendido entre esos dos asientos que se pretendían impersonales. No sé por qué, al salir el tren de la estación Lod le pregunté: "¿cómo se escribe cocina en hebreo?", a lo que el hombre de hielo color naranja me contestó: "no sé, yo también soy ruso". En ese instante el cosmos limitado por las dos butacas de telilla afelpada, que se la daba de terciopelo, había ganado el título de octava maravilla del mundo.[...] 






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