[...] Quizás esa era una de las fuentes de mi incansable búsqueda de justicia. O mejor dicho, de mi sufrimiento ante la injusticia. No hay nada más injusto que sufrir por la injusticia misma, así que mi sufrimiento era doble, el causado por una injusticia dada y otro por la injusticia de sufrir injustamente por esa injusticia en la que no tenía parte. En realidad, mi sufrimiento era triple, como los sándwiches de miga, o cuádruple, o en cierto modo infinito. En otras palabras nací para sufrir. Pero no un sufrimiento común, sino para sufrir un sufrir paradójico. Es la paradoja misma dentro de la paradoja que promueve más sufrimiento. Es como la paradoja antropológica de Bateson en su teoría del juego y la fantasía 'This is play'. Haciendo un paralelo para la ocasión: 'Esto es injusticia (por lo tanto sufrimiento)'. 'Esto es sufrimiento injusto (por lo tanto injusticia)'. Y así hasta el infinito. Nunca se sale. Es un barril sin fondo, o mejor dicho, una valija con doble fondo, una galera con fondo sorpresa, un vaso telescópico, un resorte, un set de matryoshkas de infinitas piezas, un holograma, una geometría fractal perfecta. Es como la paradoja y el proceso en Los Pasajes al Juego de Handelman, donde el borde entre lo que es juego y lo que no lo es no es un límite afilado como una raya, o claro como un paredón, sino que más bien es un pasaje, algo con grosor, con cuerpo, un espacio que quizá contenga a la paradoja misma, un margen, un intersticio espeso que conviene investigar. Claro que en ese entonces yo no sabía nada de eso, me limitaba al acto de cerrar una cortinita imaginaria entre mis compañeritos y yo. Era una cortinita que yo cerraba con la mano de un tirón, de tela marrón, no muy gruesa pero tampoco transparente, colgada de un hilo lo suficientemente fuerte como para soportarla, entrelazado en unos agujeros bastante grandes en la parte superior. Es notable que mi imaginación haya detallado todo lo referido a la cortina de delante de mis ojos pero no haya ido más allá. ¿Dónde terminaban los extremos del hilo? ¿Quién los sostenía? Si mi imaginación hubiera completado el contexto en ese entonces ¿Hubiese estado yo inmersa tanto tiempo en la paradoja del sufrimiento? [...]
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miércoles, 7 de febrero de 2018
viernes, 3 de marzo de 2017
"Camina sin mirar atrás"

[...] "Camina sin mirar atrás", rezaba el prospecto que me había llevado sin ganas hasta ahí, persuadida por esa esperanza inútil, que en realidad reflejaba desesperanza. Pero no era una desesperanza tiesa, sino la más activa de las desesperanzas, la más inquieta, presta y eficaz. Me descuartizaba y sujetaba a la vez todos mis miembros, haciendo de la contradicción la dicción más refinada, como un magma sutil, casi imperceptible, que igual es percibido.
Así era mi desesperanza con camisón de esperanza, próspera y acogedora al fin. Como solía pasarme, no tenía ninguna expectativa de que vaya a ser de mi agrado toda esa parafernalia de "Taller experimental del ser", que iba a durar tres días. Además, el desayuno había dejado mucho que desear, y eso enmarcaba toda la mañana en un el marco de "no llega al nivel deseado". En la escala de cero a diez, todo empezaba de bajo cero para mí.
Sin embargo, había algo alentador en esa esfera artificial, tal vez era el color celeste del cielo despejado y sonriente que relucía en los carteles propagandísticos del taller (que acompañaban cada paso, desde los pasillos, hasta el modesto comedor), que no era de un celeste cielo, sino turquesa de marcador Pelikan. A decir verdad, la artificialidad no le quedaba nada mal. Quizás eran los pesados cortinados del salón donde se dictaría el taller, que taponaban todo rayo solar, y cubrían la energía vital como un taparrabos; o el rostro bidimensional del joven que apoyaba un platito con galletitas en una mesita circular incrustada en uno de los ángulos de la sala, lo que le daba a la realidad un toque arrugado.
Llegado ese punto, estaba claro, por lo menos para mí, que el taller iba a tratarse de la experimentación de la artificialidad. Ahora todo se había tornado interesante e inteligente, todo iba acompañado de la virtud del significado. ¿Por qué no era yo capaz de encontrar un significado para mí, con la misma facilidad con la cual lo había localizado para ese taller, que había sido alguna vez insignificante?
Maravillosamente, una de las prácticas que recomendaban en el taller era la de preguntar. Pero no preguntar cualquier cosa, sino interrogarse a uno mismo interpelaciones de esas que no podemos contestar fácilmente. En un instante de revelación, supe que mi vida toda había sido un taller experimental del ser, solo que no de tres días. Estaba repleta de sabiduría sobre el oficio de preguntar, podría dictar a ciegas un taller como ese, aunque esa no era mi intención. ¿Pero cuál era mi intención?
Había concurrido a ese taller para encontrar respuestas y ahora no me quedaba otra cosa que la desilusión. Aunque había acudido sin expectativas, la desilusión que sentía me mostraba la ilusión que arrastraba conmigo. Esa era una cosa seria, que no se podía dejar de lado como quien no quiere la cosa. Tenía que tomar las riendas, desarmar ese poder de arrastre, desarticular el mecanismo del anhelo como se desarticula el engranaje de un reloj. Era demasiada tarea para terminarla en una mañana, y el susodicho taller ya estorbaba.
Emprendí el regreso con pasos apresurados, como quien se escapa de un sueño al despertar y abrir los ojos, como quien sale corriendo a la velocidad de la luz después de tocarle el timbre al vecino y no ve la hora de llegar a la esquina y esconderse, para espiarlo y reírse a su costa y a sus espaldas. Cuando salí del lobby ya no había sol, y una llovizna incandescente de nubes hacía más amarga la desilusión. De chica tomaba un remedio amargo como la hiel para bajar la fiebre, venía en un gotero de vidrio marrón que se me hizo igualito a la llovizna.[...]
sábado, 11 de febrero de 2017
Viajes Astrales

[...] Era la época de los viajes astrales, del hilo de plata irrompible que ataba al cuerpo astral con el físico y evitaba que el alma no logre volver a este último al concluir su viaje; un viaje que podía ser tan amplio que llegaba al espacio exterior atravesando las paredes. Se había puesto de moda eso de la meditación trascendental, y los chicos andaban programando los sueños. Si querían soñar con esto o con lo de más allá, era sólo cuestión de programarse antes de dormirse, y ellos aseguraban que soñaban con la exactitud de un reloj atómico.
Para mí, esa práctica se asemejaba al consejo que me había dado ni abuela Ada en mi infancia para dormir mejor: "antes de dormir, pensá en cosas lindas que querés que pasen", me había dicho. Consejo que me ha servido desde entonces para luchar contra la vigilia. Ellos viajaban y se programaban, y estaban muy orgullosos de sus logros.
Yo sentía que no necesitaba de viajes astrales; o mejor dicho les temía. Me espantaba la idea de que el hilo de plata se rompiese y quedara yo así divagando sin rumbo, o en espiral, viendo siempre las mismas estrellas, o gritando "¡acá estoy!" como una loca, hasta caer de verdad en la demencia; o deshaciéndome en retazos como las telas deshilachadas e incompatibles que se ponen en oferta en el barrio del once ¿Qué sería de mí entonces? ¿Quedaría en el limbo, ni muerta ni viva, como La Bella Durmiente? ¿Seguiría viajando por toda la eternidad? La imagen de mí misma sin poder volver a mi vida ordinaria carcomía de inmediato cualquier entusiasmo que el viaje astral podría llegar a suscitarme.
A mis dieciséis años todavía no me había percatado que estar sola conmigo misma era de una belleza íntegra, de un vivificante encanto, de un placer infinito; eso vendría después. A esa edad, el ser una misma estaba mediado por otros seres, que eran otros pero que se sentían uno, algo parecido a lo que se debe sentir bajo una aneurisma cerebral en la cual uno pierde el sentido de diferencia con el resto de las cosas y se siente parte de la mesa, de los azulejos del baño, del falso laurel de la vereda, del perro del vecino, del vecino, de la atmósfera, de los planetas, del todo maravilloso e inagotable.
No sólo que se corte el hilo me daba terror, sino también la posibilidad de que cualquiera de ellos decida programarse a soñar conmigo, y se introduzcan en mi propio sueño, haciendo y deshaciendo a su agrado, entretejiendo narrativas que no serían mías, conectando datos inconexos para mí, o haciéndome mover como una marioneta de las que venden en la feria de Plaza Francia. Cuando me atacaba el pavor, usaba de defensa ese sentir a los otros como uno; "ninguno de ellos me haría eso", me decía a mí misma, y así me convencía, ganándole al desasosiego.
No recuerdo cuántos meses seguimos así, ellos alborotados cada mañana por sus viajes astrales, contándose unos a otros los sueños que habían programado, los lugares que habían visitado, creando un espíritu de hermandad y de competencia a la vez; haciendo de algo realmente trascendental (como lo es el misterio de los sueños), algo meramente mecánico, como una técnica que había que poseer y perfeccionar, suprimiendo de la faz de la tierra el arte de la interpretación. Viéndolo así, no hay duda de que esa supresión era una atrocidad, una infamia, una brutalidad, producto de la inconsciencia inocente de la edad del pavo.
Desde la perspectiva de años más tarde, es evidente que ese vandalismo era la raíz de mi rechazo a los viajes astrales; no el riesgo a perderme en el espacio frío y vacío de vida, sin hilo que me ate a mi existencia conocida, sino la probabilidad de terminar con la interpretación, de exterminar los pensamientos sobre los pensamientos, de abolir los cuentos chinos creados a partir de imágenes borrosas de sueños medio olvidados, de apagar la llama que ilumina de sentido lo que no lo tiene, de matar el sano imaginario que al día siguiente de soñar llena de explicaciones los hechos oníricos inexplicables.
Años más tarde, la causa de mi repelencia a la moda de los viajes astrales se hizo evidente ante mis ojos, como lo es una mancha de tuco en la camisa blanca de un mozo nuevo, ante los ojos del gerente de un restaurante de alta cocina.[...]
jueves, 2 de febrero de 2017
Una costumbre rusa
[...] "Se dice ahí afuera que no hay un afuera del todo, que siempre hay un adentro residual, que todo lo que entra tiene que salir, pero que nunca sale verdaderamente todo. Se dice ahí afuera que hay muchas cosas que entender, que no todo tiene solución y que no sólo hay que serlo sino parecerlo. Que todo lo que sube al final baja, que es mejor reír que llorar, y que todo vuelve."
Eso pensaba ese hombre crudo sentado frente a mí, en el asiento de pana falsa de color ácido que era igual al mío. Aunque no era exactamente igual al mío, el hombre que lo habitaba hacía la diferencia, y lo hacía en el plano de existencia más profundo. Estaba claro, al contrario de lo que pasaba conmigo, que aquél hombre rosado, pesado y ancho, pensaba durante el viaje.
Con casi plena seguridad diría que era de descendencia rusa, de la URSS de antes. Llevaba una remera gris a la que se le veía solo el cuellito de estilo chomba, saliendo por las cornisas del cuello de una camperita también gris con bordes delineados en dos rayitas blancas paralelas, que nunca respondió a ninguna moda. La cara rosa, los ojos indefinidamente amarillentos, el pelo, que había sido rubio, ahora era también de un amarillo desvaído. El cubre-diente de oro, que llevaba en el primer premolar izquierdo superior y que nunca se dejó quitar, aún luego de la emigración, era de oro rojo de gruesos quilates que acentuaba su apariencia de amarillo sobre gris; como si se tratara de un ejercicio de pintura.
Seguramente nunca leyó a Dostoyevsky, aunque podría haberlo escrito todo. Ese hombre de aire severo intentaba no cruzar su mirada con la mía, pero incluso así no podía ocultarme que estaba pensando. "Pensar debía de ser una costumbre rusa", me dije para mí, "de hombre ruso que viaja en tren, un hábito que se le habría arraigado desde que fue testigo de cómo su padre acostumbrara a hacerlo, o quizás era genético, y pasaba de generación en generación como una métrica celular exacta que el cuerpo no olvida aunque el alma lo haga; o una tradición folklórica".
El hombre estaba pensando, y eso definía el espacio entre nosotros, que éramos dos extraños, dos desconocidos, ajenos el uno del otro, pero que compartíamos el espacio comprendido entre esos dos asientos que se pretendían impersonales. No sé por qué, al salir el tren de la estación Lod le pregunté: "¿cómo se escribe cocina en hebreo?", a lo que el hombre de hielo color naranja me contestó: "no sé, yo también soy ruso". En ese instante el cosmos limitado por las dos butacas de telilla afelpada, que se la daba de terciopelo, había ganado el título de octava maravilla del mundo.[...]
viernes, 27 de enero de 2017
Una partecita de la novela "La inercia"
[...] "Tengo que buscar", esas tres palabras se habían convertido en una orden que me ordenaba cada noche antes de dormir, y todas las mañanas al abrir los ojos. "¿Cuál es la primera idea? ¿Quién es el que tuvo la idea primera, primeriza, primaria, el original absoluto?", me preguntaba. Si hasta se habla de que al parecer, los chinos descubrieron América antes que Colón. En 1418. Una copia de un mapa de unos 600 años demuestra que los chinos, y no Cristóbal Colón, fueron quienes descubrieron lo que se ha dado a llamar nuevo mundo. "Esa es la prueba inapelable de que no hay nada nuevo bajo el sol", no dude en afirmarme a mí misma en un claro intento de boicot. Ese pensamiento demostraba que la renuncia rondaba mi ser, atractiva como un diablo, deseando tentarme y seducirme. "Ojalá tuviese otra vez los poderosos pedales de mi infancia", logré decirme, "captaría la idea que me dicten, como un camaleón capta los colores de su entorno, asimilándolos al cuerpo sin esfuerzo". Mi bicicleta de los diez años tenía unos pedales hermosos, que emitían señales. Los pedales sabían que mis pies no sabían pedalear, y que andar en bicicleta siempre me daba miedo de terminar fracturada o sin un diente, así que emitían señales como lo hace un radio telescopio, y yo las registraba de inmediato. "A la izquierda, despacito, no choques con el árbol", me advertían, o "cuidado, que a la vuelta de la esquina viene otro en bicicleta" o "frená despacio, sino la inercia provocará que salgas volando como un proyectil". No es que me hablaban con palabras, sino en el idioma de los pies. Una lengua autóctona de la infancia. Los pies tenían un lenguaje parecido al de las sombras chinas, pero más elaborado. Unos jeroglíficos egipcios dejarían mucho que desear al lado del idioma de los pies. Ni siquiera el zapato más incómodo podía dañar su talento comunicativo, ya que mis pies eran extremidades muy poco extremistas por esa época. Mis zócalos andantes, sin pezuñas pero con base, vivían la inercia del suelo como los grillos viven la inercia de las ventanas que dejan entrar el sonido de sus llantos, de sus cantos y alegrías. El suelo puede ser de cualquier cosa para pies que saben escuchar, ni siquiera una suela de goma se interpone a la clarividencia de las patas humanas. Así fue que una vez, en medio un agosto de invierno lloviznado, ellos supieron descifrar las primeras señales de los pedales de mi bicicleta. Después ya era cosa de a diario, y se perfeccionaban todo el tiempo. No sé si los pies de los otros eran tan efectivos como lo eran los míos, pero estoy casi segura de que no, ya que mi hermano terminó con un diente roto por andar en bicicleta. Mis pies sí que eran unos verdaderos pies en ese entonces, de una anatomía rimbombante. No sé que ha sido de ellos, los de ahora dejan mucho que desear. [...]
martes, 18 de octubre de 2016
El encanto de no pertenecer

[...] ¿Les ha pasado que viajaron a otro país, y entre todo lo que hay para disfrutar del hecho, disfrutaron especialmente de no pertenecer? A mí me pasa cada una de las veces. Ya desde el avión, mientras diviso a esos autitos en esos pavimentitos que dividen esas casitas, sabiendo que no soy parte de todo ello, me siento plena y reconfortada.
Es un no pertenecer suficiente, no extremo. Las casitas no me son totalmente extrañas, ni yo no les soy totalmente extraña a ellas, solo lo suficiente para el encanto de la inercia. Es el no pertenecer, pero no llevado a su máxima potencia, sino llevado una potencia que encaja con la inercia de la no existencia, con ese sentimiento divino que comienza a partir del avistamiento de vida desde la ventanilla del avión; de vida en forma de luces de una ciudad lejana, que emana sus reflejos vívidos al cielo, su esencia ciudadana, su potencialidad. Pero simultáneamente, emana también su inercia de contratos vencidos, de semáforos rotos, de mordidas de perros a vecinos incautos, de ventanas con persianas trabadas, de tarjetas de crédito robadas, de niños llorando, de madres llorando. Son inercias paralelas, como universos paralelos, se intuyen pero no se ven ni se tocan. Desde mi estado, en mi universo de inercia para-existencial, soy como un cuerpo celeste de gran masa, casi como un agujero negro, o como una estrella de neutrones. Tengo un campo gravitacional que atrae todo lo bueno de no existir, pero existiendo.
Mi no-existencia es tal, que puedo sumarme o no sumarme a cualquier pensamiento o estado de ánimo. Puedo usarlo todo o no usar nada. Soy como un gato callejero que se cuela a una casa por la ventana de la cocina, miro desde afuera, pero a la vez soy parte. Una estela de bienestar, de desahogo, me sigue atrás; soy como una estrella fugaz, como un aguacero de verano que arranca de las baldosas ese aroma tierno y húmedo que tenían reprimido. El ardor de la ciudad no me pertenece, ni yo a él. El no pertenecer es como un sopor, un letargo, un adormecimiento, pero habitado por la mismísima realidad, por la elocuencia; como un sueño vívido que sobrevive a la memoria.
Es la practicidad del aterrizaje del avión de vuelta la que me extrae de mi sueño vital. Tendría que tomar el no pertenecer liberador como una práctica, así como un deporte o como un juego. Ser capaz de acceder a él como los iniciados acceden a un secreto milenario, así como un bebé accede al secreto de los bípedos, o como una ameba accede al potencial infinito, y se rellena de él como un raviol. La no existencia de los viajes no es igual a la sensación de no pertenecer que me sabe acompañar en tierra conocida. El no pertenecer del exterior tiene encanto de flauta mágica, tiene supremacía y señorío. Tal vez necesite una ignorancia inocente, una sin capacidad de sospechar ni de juzgar, pero suficientemente sabia como para resistir cualquier aterrizaje. La inercia de la no existencia seguramente atiende a las leyes de la física, pero una buena ignorancia nunca es un mal punto de partida para el encanto de no pertenecer. [...]
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