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lunes, 24 de septiembre de 2018

Resiliencia - fragmento II




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Ese fue el día más lluvioso del invierno, casi todos los pacientes habían cancelado sus turnos en el consultorio externo, y eso me ponía amargo. Además había visto una, con diagnóstico de Fibromialgia, que venía para una interconsulta estéril, y se lo dije. Le dije que yo no la puedo ayudar, que ella va a seguir toda su vida con esa incapacidad invisible que hace que hable al revés, que olvide palabras, que cambie letras y números de lugar al escribir. Le dije que seguiría así de mal, y que quizás empeore, y que yo no tengo nada que hacer, que ella es la que debería invertir tiempo y fuerzas en buscar su propio remedio, en indagar qué es lo que le mejora los síntomas, y que no vuelva más. Salió compungida, aunque no olvidó agradecerme por el tiempo que le dediqué. Me quedé inmóvil detrás del escritorio marrón gastado que exhibía una lámina de fórmica ondulada por el tiempo, con bordes despegados que sorpresivamente le daban un toque de personalidad. Una gota cayó sobre mi nariz. Miré hacia arriba y me percaté de que el cielo raso era rosa, y estaba lleno de grietas. Las hendiduras daban la impresión de pertenecer sólo del revoque, casi lograban esconder su profunda naturaleza, la de ser parte de un techo que se venía abajo. Era una coincidencia poética. Un baldazo de agua se me cayó encima, venía con partes del techo, me lastimé la cara pero seguí mirando hacia arriba, al agujero por donde ahora surgía una catarata, inundando todo, desbordando todo en una incontinencia endemoniada. "¡Doctor! ¡Doctor! ¿Está bien?", oí desde muy lejos, bajé la vista y la cara de Ester estaba casi pegada a la mía, mojándose ella también. Ester no tenía nada de secretaria, no sé porqué la tomaron, se me hacía que había venido con el edificio, así como los pasajeros sentados vienen de fábrica con el colectivo. "Estoy muy bien", le dije. 

Era una fortaleza de ajedrez, pero fortaleza en fin. Había hablado con Ester por teléfono con la mejor voz de enfermo que tenía, y dejado claro que no iba a ir al consultorio toda la semana. Me dispuse a morir, pero seguía despertando vivo. Timbre. Puerta. Vanina. "Estás muy flaco, ¿no comés?, ¡Qué te importa! Pensé, "Hola", dije. Traía una pizza de esas de 40 pesos en la mano, me esquivó por el costado derecho y pasó directo a la cocina con la plena conciencia de que yo la seguía con los ojos desde el pasillo, abrió la heladera y sacó una Quilmes en lata, abierta, de quién sabe cuándo, se sentó en la silla naranja, apoyó la cabeza en las manos sobre la mesa, y me miró fijamente. Caminé despacio, arrastrando los pies que no querían moverse, me senté en la silla blanca, apoyé la cabeza entre mis manos sobre la mesa y la miré fijamente. Tomó una porción y la mordió sin bajar la vista, hice lo mismo, tomó un sorbo de la lata, hice lo mismo. La conversación terminó cuando Vanina me entregó un papelito doblado, lo abrí, tenía un número escrito, un número de teléfono. Levanté la vista, Vanina todavía me miraba fijamente con la cabeza apoyada en las manos, ahora estaba con los labios invertidos hacia dentro de la boca cerrada. "Bueno", dije. "Bueno", dijo Ella.




sábado, 22 de septiembre de 2018

Resiliencia - fragmento




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Fragmento de "Resiliencia"
De Jessica Tabarovsky


[...] Marta me había puesto un cordón atado en la frente, me dijo que leyó en algún sitio que eso calma la jaqueca, y lo apretaba con ganas. "Parecés un hippie", dijo riendo, sacando la cabeza por encima de mi hombro y mirando mi perfil, "me hacés acordar a alguien y no se a quien", declaró "¡Ah! ¡A Bruce Lee!", dijo. La mire como si ella no hubiese dicho nada, y entonces le expliqué que eso ahí tan apretado me hacía el cerebro chiquitito, "¿te aprieta?", preguntó, aguantando la risa, "no, solo me hace el cerebro chiquitito", afirmé. Después nos fuimos a dormir la siesta, como todos los domingos, y ella no vino a la cama. 

Mis ojos clavados en mi mano como si ésta fuese un mapa capaz de señalar la respuesta correcta, como si fuese un GPS biológico, una señal de tránsito. Hacía como una hora que me miraba la mano, la mente en blanco, llena, colmada, saturada. Era una mano reseca, con uñas invencibles, parecía la pata de una avestruz. Mi mano dejaba de ser mi mano y se convertía en un objeto de estudio, en un espécimen extraordinario que valía la pena investigar. Pensé que debería cortarme las uñas. Me levanté de la cama y un mareo intenso acompañado por un firme hormigueo de labios hundió todo mi peso en el colchón al sentarme nuevamente, baje la cabeza entre las piernas, y sentí cómo la sangre me llegaba a la frente. Me incorporé de a poco, latiendo, llevando mi cuerpo humano al baño, como un autómata. Tenía una barba incipiente que no me quedaba mal y decidí dejarla. Levanté la mano para ver su reflejo en el espejo del baño, era una mano de dinosaurio, y era definitivamente mía. Abrí el tocador y saqué la tijera, la miré como si no fuera una tijera, admiré su forma ondeada, su color plateado perfecto, su pulido parejo y terso. "Mi mano no se merece esta tijera", pensé, y la regresé a su sitio. Salí del baño fortalecido.[...]  



jueves, 22 de febrero de 2018

Resiliencia (continuación)


[...] Marta se había ido, y ni una sola noticia. Los amigos comunes se separaron de mí 
esquivándome, igual que lo había hecho ella. Desde el portazo de hace un mes, aumenté de peso y se me cayó un montón de pelo. Creo que perdí un pelo por cada una de las veces que pensé en Marta. 

Vanina pasó a buscar las cosas de Marta justo el día de la tormenta. Se habían caído varios paraísos y algunas ramas de eucalipto, como si el viento se hubiese identificado conmigo. Me devolvió las llaves junto con el llavero vintage de metal con forma de M, que le regalé a Marta cuando nos mudamos. Acomodó todo meticulosamente en cajas de cartón acanelado que tenían grabada la palabra Ikea, escribió en cada una de las cajas la lista del contenido, y las fue sellando con cinta de embalar marrón. Realizó su misión casi sin dirigirme la palabra, sin contestar y casi sin mirarme. El ruido que hacía la cinta el estirarse, pegarse y cortarse, seguía el ritmo de un texto tácito, el compás de un guión que parecía escrito por avispas. Luego se llevó todo a la calle a esperar el flete con tormenta y todo. Ella hacía de amiga amortiguador, era la suspensión entre Marta y yo, es decir, permitía el movimiento relativo entre Marta y yo. Ese día perdí pelo con creces, tanto que a la mañana siguiente casi no me reconozco, di parte de enfermo y me quedé en la cama.


Cuando yo volvía tarde, Marta siempre ya había cenado sola. La encontraba en la cama, con la televisión encendida, el control remoto apoyado en mi almohada, el celular sostenido con su mano izquierda, medio oblicuo, como para poder mirar la tele y el celular a la vez, la mano derecha en el aire, suspendida, esperando la orden que le daría su cerebro de abrir alguna aplicación, de contestar algo por whatsapp, o por mail, o de abrir la galería de fotos. Nunca se ponía un piyama entero, usaba partes de ropas desmembradas. Por ejemplo, pantalón con dibujitos de aviones y ovnis con una vieja remera que nunca se puso para salir, o una batita de piyama decorada con encajes, combinada con un bóxer de hombre, comprado en una tienda barata. Marta era una mujer práctica, aunque vanidosa y hasta provocadora. Podía ponerse prendas que tenían menos vínculos entre sí que un pulpo y una uña recién cortada, y sentirse sexy por adentro y por debajo de la ropa. Así embobaba los sentidos masculinos con facilidad. Ella lo tenía bien claro, y a veces hasta disfrutaba embobando a hombres porque sí, en especial si estaba yo presente, era un juego previo que a veces hacía durar días.




Me había despertado hacía rato, y estaba preparando las tres tostadas de pan blanco en la penumbra. Había abierto las persianas por la mitad, por temor a que se rompan. Si pasaba que se rompía una persiana, o perdía una canilla, o se rajaba una puerta, se descascaraba una pared, o se quemaba una lamparita, podía quedar así por los siempres de los siempres, por los siglos de los siglos, por toda la eternidad. La casa se iría cayendo a pedazos, hasta quedar en pie solo el esqueleto, como una prueba de que antes había una casa que alojaba vida en ese predio. La eternidad no era algo indefinido para mí, sino el origen mismo de mi morosidad, empujaba la rueda de un círculo vicioso que funcionaba a la perfección. Una de las propiedades que más me gustaban del carácter de Marta era la agilidad con la cual hacía todo, es decir, si había que hacer algo ella lo hacía, jamás dejaba algo para mañana, salvo que lo planee así por alguna buena razón. Para mí nunca había una buena razón para hacer nada. Un desconocido podía pensar que era un parsimonioso, un flemático, un apático; y eso me teñiría con un tinte misterioso, retorcido, torturado. Pero no, yo era un mero deudor, y esa deuda me carcomía los músculos del tórax. Siempre en déficit frente a la obligación.


El plato quedó sin lavar. La mirada fija en un punto en la pared. "Resiliencia es un término inexistente", pensé, "definitivamente inexistente". Marta me lo había dicho. Más bien me lo había anunciado en un anuncio que pretendía pasar de incógnito. "Lo que a vos te falta es poquito de resiliencia", me había dicho, como si decirle a alguien que es un inresiliente fuese la cosa más natural del mundo. Yo sabía muy bien que ella no decía nada al pasar, aunque parezca que sí. Ni siquiera levantó la vista para mirarme cuando me lo dijo, no le importó mucho si yo la oía o no, lo único que quiso en ese momento era decir lo que tenía para decir. Me levanté inmediatamente, abrí la computadora y busqué la palabra resiliencia. El primer diccionario que saltó en la búsqueda me prometió que el vocablo no tenía concordancia alguna con ningún término. En las conversaciones con Marta, yo solía pensar las respuestas en lugar de decirlas, así que ella quedó mal parada frente a terceros por un mal entendido conmigo en varias oportunidades. En esos casos, yo le decía que ella tenía razón, y ella me perdonaba. En el último tiempo, antes de su partida, esa dinámica estaba fallando. Muchas cosas estaban fallando. Ella decía que desde que nos mudamos a esta casa, la cual llamaba "la casa maldita", había un cortocircuito en nuestra capacidad adaptativa. [...]

lunes, 19 de febrero de 2018

Así arranca mi nuevo proyecto de escritura: "Resiliencia"




Marta me tiró el zapato izquierdo por la cabeza, el taco estilo cowboy me dio justo en la ceja izquierda, como sincronizado, y un poquito de sangre me llegó hasta el ojo. Aunque no sentía dolor en la ceja, que había quedado anestesiada, el dolor se extendía, sordo y mudo, desde la cabeza hasta los pies. Mi reflejo en el espejo de la entrada me pareció ser de otro, como si mi interior completo hubiese salido de mi cuerpo, y ahora estuviese yo observando a un extraño que me observa. El extraño tenía una expresión pesada, como si no se hubiese bañado durante un mes entero, y estaba encorvado como un poste de luz. Las manos a los costados, colgando al final de unos brazos que parecían miembros falsos, como fundas de tela rellena con lana o con retazos de otras telas. Llevé mi mano izquierda a la ceja sangrante y me sorprendí de que ese extraño en el espejo pudiese mover la mano. Marta salió de un portazo, descalza, y el sonido de la puerta metálica retumbó en el pasillo, retumbó en mi cerebro, resonó en mi lóbulo temporal, y despertó finalmente a mis neuronas, que habían estado embutidas en el reflejo de ese extraño en el espejo, como si fueran el relleno de una morcilla. Marta se había ido. La falta de Marta retumbó más fuerte que la puerta.


Marta me contaba sus sueños, era cosa de casi todas las mañanas, una vez me contó que soñó que dormía, y yo le pregunté si eso podía considerarse un sueño, "tonto", me contestó, con esa energía que ponía en la palabra "tonto", cuando me la decía a mí. Marta tenía una energía única, que se expandía por cualquiera sea el espacio donde estaba. Cuando estaba en el subte con ella, por ejemplo, la energía que emanaba coloreaba cada espacio vacío de una fuerte vivacidad, cosa que me encantaba. Su energía se inyectaba entre los pliegues de las camisas, en los agujeros que habían dejado las agujas en las costuras de las camperas, en las arrugas de las medias, en los espacios psicodélicos que formaban los anillos y collares, y entre las minúsculas gotas de agua en las ventanillas empañadas.


"Es un dulce", decía Marta cada vez. Ella miraba a ese perrito intruso, que había logrado adentrarse en casa casi sin batalla, y decía "es un dulce". Tulski prianik, le había puesto ella de nombre, en honor a un dulce popular ruso. Tulski no tenía nada de dulce para mí, y si tenía algo de ruso era su parecido a Putin. Ella también pensaba que se parecía a Putin, pero no lo llamó Vladimir, lo llamó Tulski. A Marta la conocí en el veterinario. Yo había llevado una tortuga herida que había encontrado en el medio de la calle y que terminó mal, el veterinario no la pudo salvar y hubo que adormecerla. Marta me dijo "lo siento, yo sé lo que se siente", y aunque yo no estaba seguro de lo que sentía, en ese instante supe que ella sabía todo de mí, que yo era un libro abierto escrito en lengua materna para ella, y así iba a ser para siempre.


El zapato de Marta todavía estaba en el pasillo, a un metro de la puerta de entrada, casi tocando el zócalo de la pared blanca impecable, pero lo suficientemente lejos como para no pertenecer más a esta casa. Tulski tampoco lo movió. Me imaginé moviendo ese zapato huérfano, me vi tirándolo por la casa hasta que Tulski corriera a buscarlo, me vi ganándole de mano, agarrándolo yo primero, me vi negándome a dárselo, a lo que el perro ciertamente reaccionaría llorando, y ese llanto haría que Marta volviera. Después sentí culpa por haber pensado en hacer llora al perro, y me arrepentí de haber barajado la posibilidad de hacer volver a Marta de esa manera vil. Habían pasado tres días y ella no vino, ni llamó, ni contestó nunca el teléfono. No estaba en ningún lugar. Me esquivaba. Su esquiva era como una ejecución lenta, paulatina, que vaciaba pausadamente mi ánimo de cualquier felicidad. Marta me despojaba de su presencia en cámara lenta. Su ropa, su champú, su cepillo de dientes, sus carpetas, sus libros, los cubiertos que habían sido de ella de antes, y hasta el ventilador que ella odiaba pero que era entrañablemente suyo, todo eso estaba en casa. Marta estaba en casa, pero sin Marta. Era una agonía.


Al final terminaron por echarnos del cine, de tanto que nos reímos. Era una película de terror, pero tan bizarra que parecía una parodia. Así solíamos reírnos Marta y yo. Yo le decía que tenía dientes de cocodrilo, y ella se reía más. Cuando se reía abrazada a mí, su tórax subía y bajaba, y sus pechos se volvían olas de océano atlántico al amanecer. Entonces yo apoyaba mi mentón en su cabeza, y sentía que la abarcaba toda, y que al mismo tiempo ella era mi pilar. Marta era chiquitita, tenía las manos y los pies pequeñitos.



Pasábamos tardes enteras sin hablar, especialmente en verano, cuando los días eran largos y los atardeceres eran rosas, celestes, naranja y amarillos; como si millones de luciérnagas enloquecidas llenaran el cielo exhibiéndose, desnudas, atrevidas, mostrando su luminaria audaz, y haciendo cara a la noche. No hablábamos, pero nuestros pasos por la casa eran como una danza, una coreografía perfectamente sincrónica. El cuerpo de Marta parecía estar en muchos lugares al mismo tiempo, y su andar era siempre silencioso, casi sigiloso, como un gato. Siempre pensé que se parecía a las algas largas, delgadas y danzantes. Me gustaba su cuerpo de fleco, de alga, de gato, de ciempiés humano.[...]





miércoles, 7 de febrero de 2018

La Inercia - Capítulo I - pequeño fragmento




[...] Quizás esa era una de las fuentes de mi incansable búsqueda de justicia. O mejor dicho, de mi sufrimiento ante la injusticia. No hay nada más injusto que sufrir por la injusticia misma, así que mi sufrimiento era doble, el causado por una injusticia dada y otro por la injusticia de sufrir injustamente por esa injusticia en la que no tenía parte. En realidad, mi sufrimiento era triple, como los sándwiches de miga, o cuádruple, o en cierto modo infinito. En otras palabras nací para sufrir. Pero no un sufrimiento común, sino para sufrir un sufrir paradójico. Es la paradoja misma dentro de la paradoja que promueve más sufrimiento. Es como la paradoja antropológica de Bateson en su teoría del juego y la fantasía 'This is play'. Haciendo un paralelo para la ocasión: 'Esto es injusticia (por lo tanto sufrimiento)'. 'Esto es sufrimiento injusto (por lo tanto injusticia)'. Y así hasta el infinito. Nunca se sale. Es un barril sin fondo, o mejor dicho, una valija con doble fondo, una galera con fondo sorpresa, un vaso telescópico, un resorte, un set de matryoshkas de infinitas piezas, un holograma, una geometría fractal perfecta. Es como la paradoja y el proceso en Los Pasajes al Juego de Handelman, donde el borde entre lo que es juego y lo que no lo es no es un límite afilado como una raya, o claro como un paredón, sino que más bien es un pasaje, algo con grosor, con cuerpo, un espacio que quizá contenga a la paradoja misma, un margen, un intersticio espeso que conviene investigar. Claro que en ese entonces yo no sabía nada de eso, me limitaba al acto de cerrar una cortinita imaginaria entre mis compañeritos y yo. Era una cortinita que yo cerraba con la mano de un tirón, de tela marrón, no muy gruesa pero tampoco transparente, colgada de un hilo lo suficientemente fuerte como para soportarla, entrelazado en unos agujeros bastante grandes en la parte superior. Es notable que mi imaginación haya detallado todo lo referido a la cortina de delante de mis ojos pero no haya ido más allá. ¿Dónde terminaban los extremos del hilo? ¿Quién los sostenía? Si mi imaginación hubiera completado el contexto en ese entonces ¿Hubiese estado yo inmersa tanto tiempo en la paradoja del sufrimiento? [...]


viernes, 3 de marzo de 2017

"Camina sin mirar atrás"

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[...] "Camina sin mirar atrás", rezaba el prospecto que me había llevado sin ganas hasta ahí, persuadida por esa esperanza inútil, que en realidad reflejaba desesperanza. Pero no era una desesperanza tiesa, sino la más activa de las desesperanzas, la más inquieta, presta y eficaz. Me descuartizaba y sujetaba a la vez todos mis miembros, haciendo de la contradicción la dicción más refinada, como un magma sutil, casi imperceptible, que igual es percibido. 

Así era mi desesperanza con camisón de esperanza, próspera y acogedora al fin. Como solía pasarme, no tenía ninguna expectativa de que vaya a ser de mi agrado toda esa parafernalia de "Taller experimental del ser", que iba a durar tres días. Además, el desayuno había dejado mucho que desear, y eso enmarcaba toda la mañana en un el marco de "no llega al nivel deseado". En la escala de cero a diez, todo empezaba de bajo cero para mí. 


Sin embargo, había algo alentador en esa esfera artificial, tal vez era el color celeste del cielo despejado y sonriente que relucía en los carteles propagandísticos del taller (que acompañaban cada paso, desde los pasillos, hasta el modesto comedor), que no era de un celeste cielo, sino turquesa de marcador Pelikan. A decir verdad, la artificialidad no le quedaba nada mal. Quizás eran los pesados cortinados del salón donde se dictaría el taller, que taponaban todo rayo solar, y cubrían la energía vital como un taparrabos; o el rostro bidimensional del joven que apoyaba un platito con galletitas en una mesita circular incrustada en uno de los ángulos de la sala, lo que le daba a la realidad un toque arrugado. 


Llegado ese punto, estaba claro, por lo menos para mí, que el taller iba a tratarse de la experimentación de la artificialidad. Ahora todo se había tornado interesante e inteligente, todo iba acompañado de la virtud del significado. ¿Por qué no era yo capaz de encontrar un significado para mí, con la misma facilidad con la cual lo había localizado para ese taller, que había sido alguna vez insignificante? 


Maravillosamente, una de las prácticas que recomendaban en el taller era la de preguntar. Pero no preguntar cualquier cosa, sino interrogarse a uno mismo interpelaciones de esas que no podemos contestar fácilmente. En un instante de revelación, supe que mi vida toda había sido un taller experimental del ser, solo que no de tres días. Estaba repleta de sabiduría sobre el oficio de preguntar, podría dictar a ciegas un taller como ese, aunque esa no era mi intención. ¿Pero cuál era mi intención? 


Había concurrido a ese taller para encontrar respuestas y ahora no me quedaba otra cosa que la desilusión. Aunque había acudido sin expectativas, la desilusión que sentía me mostraba la ilusión que arrastraba conmigo. Esa era una cosa seria, que no se podía dejar de lado como quien no quiere la cosa. Tenía que tomar las riendas, desarmar ese poder de arrastre, desarticular el mecanismo del anhelo como se desarticula el engranaje de un reloj. Era demasiada tarea para terminarla en una mañana, y el susodicho taller ya estorbaba. 


Emprendí el regreso con pasos apresurados, como quien se escapa de un sueño al despertar y abrir los ojos, como quien sale corriendo a la velocidad de la luz después de tocarle el timbre al vecino y no ve la hora de llegar a la esquina y esconderse, para espiarlo y reírse a su costa y a sus espaldas. Cuando salí del lobby ya no había sol, y una llovizna incandescente de nubes hacía más amarga la desilusión. De chica tomaba un remedio amargo como la hiel para bajar la fiebre, venía en un gotero de vidrio marrón que se me hizo igualito a la llovizna.
[...]



lunes, 13 de febrero de 2017

Una belleza cuántica




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Todo tiene su pro y su contra. Ya se ha dicho que la suerte de la linda la fea la desea ¿qué más se puede agregar?


César Aira se pregunta en la página 36 de "Cómo me reí": "¿Por qué hay que ser bueno, bello, feliz? ¿Acaso está prohibido ser malo, feo, desgraciado? Ésta es una verdadera disyuntiva, especialmente para la fea suertuda.


La aceptación social de ser malo, feo, desgraciado, sería una posible solución al dilema. Si se toma como premisa admisible que hay que ser feo, malo, desgraciado; en otras palabras, dar vuelta los tantos, se encuentra un destornillador que desatornilla la hipótesis. Hablando honestamente (si existe tal habladuría), todo es una convención social, hoy es una y mañana es otra, la vida es algo dinámico. Tampoco podemos obviar el concepto de hecho alternativo, porque es parte del discurso contemporáneo. Este tipo de hecho es un aquí y un ahora cuántico, ya que la elección va por parte del observador, que decide cuál es la realidad, cuál es el hecho.

Desde otro punto de vista cuántico, también se puede ergotizar que hay que ser bueno para ser bello, y que si eres bueno (y bello por consecuencia) entonces eres feliz. Por el contrario, hay que ser malo para ser feo, y entonces eres desgraciado como resultado. Éste razonamiento incluye la agencia individual, sin excluir el determinismo. Queda correctísimamente bien con dios y con el diablo, con el pan y con la torta.

Una vez oí a un hombre por la calle (que debía de estar hablando por el celular, o hablando solo) decir que es imposible ser malo y ser feliz, que el malo siempre es infeliz, que la maldad es excluyente en cuanto a la felicidad se trata. El hombre decía también que ser malo siempre tiene el agregado de ser tonto, que era imposible ser malo y ser inteligente a la vez, que la maldad en sí era estupidez. Era un argumento muy elegante que había quedado estancado en el bullicio de la ciudad, y ahora está siendo rescatado y revalorado por mí.

En teoría, un desgraciado puede despertar la bondad en un feo, y una fea es capaz de avivar su felicidad a partir de la suerte que tiene, y la linda puede caer en la desgracia por desear esa suerte. Aunque empíricamente habría que demostrarlo. Uno no puede comerse la pizza y dejarla entera (la pizza no responde a la mecánica cuántica).

Asimismo, a veces hay cosas tan bellas que duelen, y te hacen un desgraciado temporario, pero desgraciado al fin. Belleza, desgracia; no felicidad.

¡Esto de refutar, reformular, establecer hipótesis, citar novelas, citar hombres que hablan solos por la calle es apasionante! me atrevería a decir que es algo bueno, bello, feliz; aunque no tengo ánimo de agregar.


sábado, 11 de febrero de 2017

Viajes Astrales



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[...] Era la época de los viajes astrales, del hilo de plata irrompible que ataba al cuerpo astral con el físico y evitaba que el alma no logre volver a este último al concluir su viaje; un viaje que podía ser tan amplio que llegaba al espacio exterior atravesando las paredes. Se había puesto de moda eso de la meditación trascendental, y los chicos andaban programando los sueños. Si querían soñar con esto o con lo de más allá, era sólo cuestión de programarse antes de dormirse, y ellos aseguraban que soñaban con la exactitud de un reloj atómico. 

Para mí, esa práctica se asemejaba al consejo que me había dado ni abuela Ada en mi infancia para dormir mejor: "antes de dormir, pensá en cosas lindas que querés que pasen", me había dicho. Consejo que me ha servido desde entonces para luchar contra la vigilia. Ellos viajaban y se programaban, y estaban muy orgullosos de sus logros. 

Yo sentía que no necesitaba de viajes astrales; o mejor dicho les temía. Me espantaba la idea de que el hilo de plata se rompiese y quedara yo así divagando sin rumbo, o en espiral, viendo siempre las mismas estrellas, o gritando "¡acá estoy!" como una loca, hasta caer de verdad en la demencia; o deshaciéndome en retazos como las telas deshilachadas e incompatibles que se ponen en oferta en el barrio del once ¿Qué sería de mí entonces? ¿Quedaría en el limbo, ni muerta ni viva, como La Bella Durmiente? ¿Seguiría viajando por toda la eternidad? La imagen de mí misma sin poder volver a mi vida ordinaria carcomía de inmediato cualquier entusiasmo que el viaje astral podría llegar a suscitarme. 

A mis dieciséis años todavía no me había percatado que estar sola conmigo misma era de una belleza íntegra, de un vivificante encanto, de un placer infinito; eso vendría después. A esa edad, el ser una misma estaba mediado por otros seres, que eran otros pero que se sentían uno, algo parecido a lo que se debe sentir bajo una aneurisma cerebral en la cual uno pierde el sentido de diferencia con el resto de las cosas y se siente parte de la mesa, de los azulejos del baño, del falso laurel de la vereda, del perro del vecino, del vecino, de la atmósfera, de los planetas, del todo maravilloso e inagotable. 

No sólo que se corte el hilo me daba terror, sino también la posibilidad de que cualquiera de ellos decida programarse a soñar conmigo, y se introduzcan en mi propio sueño, haciendo y deshaciendo a su agrado, entretejiendo narrativas que no serían mías, conectando datos inconexos para mí, o haciéndome mover como una marioneta de las que venden en la feria de Plaza Francia. Cuando me atacaba el pavor, usaba de defensa ese sentir a los otros como uno; "ninguno de ellos me haría eso", me decía a mí misma, y así me convencía, ganándole al desasosiego. 

No recuerdo cuántos meses seguimos así, ellos alborotados cada mañana por sus viajes astrales, contándose unos a otros los sueños que habían programado, los lugares que habían visitado, creando un espíritu de hermandad y de competencia a la vez; haciendo de algo realmente trascendental (como lo es el misterio de los sueños), algo meramente mecánico, como una técnica que había que poseer y perfeccionar, suprimiendo de la faz de la tierra el arte de la interpretación. Viéndolo así, no hay duda de que esa supresión era una atrocidad, una infamia, una brutalidad, producto de la inconsciencia inocente de la edad del pavo. 

Desde la perspectiva de años más tarde, es evidente que ese vandalismo era la raíz de mi rechazo a los viajes astrales; no el riesgo a perderme en el espacio frío y vacío de vida, sin hilo que me ate a mi existencia conocida, sino la probabilidad de terminar con la interpretación, de exterminar los pensamientos sobre los pensamientos, de abolir los cuentos chinos creados a partir de imágenes borrosas de sueños medio olvidados, de apagar la llama que ilumina de sentido lo que no lo tiene, de matar el sano imaginario que al día siguiente de soñar llena de explicaciones los hechos oníricos inexplicables. 

Años más tarde, la causa de mi repelencia a la moda de los viajes astrales se hizo evidente ante mis ojos, como lo es una mancha de tuco en la camisa blanca de un mozo nuevo, ante los ojos del gerente de un restaurante de alta cocina.[...] 


jueves, 2 de febrero de 2017

Una costumbre rusa



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[...] "Se dice ahí afuera que no hay un afuera del todo, que siempre hay un adentro residual, que todo lo que entra tiene que salir, pero que nunca sale verdaderamente todo. Se dice ahí afuera que hay muchas cosas que entender, que no todo tiene solución y que no sólo hay que serlo sino parecerlo. Que todo lo que sube al final baja, que es mejor reír que llorar, y que todo vuelve." 

Eso pensaba ese hombre crudo sentado frente a mí, en el asiento de pana falsa de color ácido que era igual al mío. Aunque no era exactamente igual al mío, el hombre que lo habitaba hacía la diferencia, y lo hacía en el plano de existencia más profundo. Estaba claro, al contrario de lo que pasaba conmigo, que aquél hombre rosado, pesado y ancho, pensaba durante el viaje. 

Con casi plena seguridad diría que era de descendencia rusa, de la URSS de antes. Llevaba una remera gris a la que se le veía solo el cuellito de estilo chomba, saliendo por las cornisas del cuello de una camperita también gris con bordes delineados en dos rayitas blancas paralelas, que nunca respondió a ninguna moda. La cara rosa, los ojos indefinidamente amarillentos, el pelo, que había sido rubio, ahora era también de un amarillo desvaído. El cubre-diente de oro, que llevaba en el primer premolar izquierdo superior y que nunca se dejó quitar, aún luego de la emigración, era de oro rojo de gruesos quilates que acentuaba su apariencia de amarillo sobre gris; como si se tratara de un ejercicio de pintura. 

Seguramente nunca leyó a Dostoyevsky, aunque podría haberlo escrito todo. Ese hombre de aire severo intentaba no cruzar su mirada con la mía, pero incluso así no podía ocultarme que estaba pensando. "Pensar debía de ser una costumbre rusa", me dije para mí, "de hombre ruso que viaja en tren, un hábito que se le habría arraigado desde que fue testigo de cómo su padre acostumbrara a hacerlo, o quizás era genético, y pasaba de generación en generación como una métrica celular exacta que el cuerpo no olvida aunque el alma lo haga; o una tradición folklórica". 

El hombre estaba pensando, y eso definía el espacio entre nosotros, que éramos dos extraños, dos desconocidos, ajenos el uno del otro, pero que compartíamos el espacio comprendido entre esos dos asientos que se pretendían impersonales. No sé por qué, al salir el tren de la estación Lod le pregunté: "¿cómo se escribe cocina en hebreo?", a lo que el hombre de hielo color naranja me contestó: "no sé, yo también soy ruso". En ese instante el cosmos limitado por las dos butacas de telilla afelpada, que se la daba de terciopelo, había ganado el título de octava maravilla del mundo.[...] 






viernes, 27 de enero de 2017

Una partecita de la novela "La inercia"

De Jessica tabarovsky



[...] "Tengo que buscar", esas tres palabras se habían convertido en una orden que me ordenaba cada noche antes de dormir, y todas las mañanas al abrir los ojos. "¿Cuál es la primera idea? ¿Quién es el que tuvo la idea primera, primeriza, primaria, el original absoluto?", me preguntaba. Si hasta se habla de que al parecer, los chinos descubrieron América antes que Colón. En 1418. Una copia de un mapa de unos 600 años demuestra que los chinos, y no Cristóbal Colón, fueron quienes descubrieron lo que se ha dado a llamar nuevo mundo. "Esa es la prueba inapelable de que no hay nada nuevo bajo el sol", no dude en afirmarme a mí misma en un claro intento de boicot. Ese pensamiento demostraba que la renuncia rondaba mi ser, atractiva como un diablo, deseando tentarme y seducirme. "Ojalá tuviese otra vez los poderosos pedales de mi infancia", logré decirme, "captaría la idea que me dicten, como un camaleón capta los colores de su entorno, asimilándolos al cuerpo sin esfuerzo". Mi bicicleta de los diez años tenía unos pedales hermosos, que emitían señales. Los pedales sabían que mis pies no sabían pedalear, y que andar en bicicleta siempre me daba miedo de terminar fracturada o sin un diente, así que emitían señales como lo hace un radio telescopio, y yo las registraba de inmediato. "A la izquierda, despacito, no choques con el árbol", me advertían, o "cuidado, que a la vuelta de la esquina viene otro en bicicleta" o "frená despacio, sino la inercia provocará que salgas volando como un proyectil". No es que me hablaban con palabras, sino en el idioma de los pies. Una lengua autóctona de la infancia. Los pies tenían un lenguaje parecido al de las sombras chinas, pero más elaborado. Unos jeroglíficos egipcios dejarían mucho que desear al lado del idioma de los pies. Ni siquiera el zapato más incómodo podía dañar su talento comunicativo, ya que mis pies eran extremidades muy poco extremistas por esa época. Mis zócalos andantes, sin pezuñas pero con base, vivían la inercia del suelo como los grillos viven la inercia de las ventanas que dejan entrar el sonido de sus llantos, de sus cantos y alegrías. El suelo puede ser de cualquier cosa para pies que saben escuchar, ni siquiera una suela de goma se interpone a la clarividencia de las patas humanas. Así fue que una vez, en medio un agosto de invierno lloviznado, ellos supieron descifrar las primeras señales de los pedales de mi bicicleta. Después ya era cosa de a diario, y se perfeccionaban todo el tiempo. No sé si los pies de los otros eran tan efectivos como lo eran los míos, pero estoy casi segura de que no, ya que mi hermano terminó con un diente roto por andar en bicicleta. Mis pies sí que eran unos verdaderos pies en ese entonces, de una anatomía rimbombante. No sé que ha sido de ellos, los de ahora dejan mucho que desear. [...]  

jueves, 26 de enero de 2017

Todo el mundo merece nada



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A mi edad ya entendí que todo en la vida es cuestión de percepción y de lenguaje en común. 




Ya hablé aquí del barómetro ocupacional, y La verdad es que para mí, la ocupación máxima es la ocupación de nada. Esa nada que es la cosa misma. En primer lugar, "nada" es algo. Mientras que el "hacer" es el máximo símbolo de estatus, la "nada" es la cosa real. A veces pienso que el ocuparse de estar ocupada es el verdadero gurnisht encarnado.


De acuerdo con el idioma hebreo la palabra "nada" denota en nuestra mente lo nulo, el cero. Por lo tanto, se podría argumentar que la frase "no comí nada" o "no pregunté nada", contiene una doble negación. (No, "nada" no pasa a ser "algo" por el doble negativo, esto no es matemática) La verdad, no sólo que no hay tal doble negación, sino que no hay negación en absoluto, que "nada" en realidad es "algo", por lo que la frase sería "no comí cosa alguna". Por ejemplo, como para ilustrar, cuando el cónyuge viene con la cara así  :|  y a nuestra pregunta de "¿qué tenés?" responde "nada", todos sabemos que esa nada es muchísimo. En cualquier caso, yo no soy nada. En otras palabras, soy la cosa en sí, la cosa real.

Nada, el ser-existir constante, congruente y consistente. Ser, como quien vive, y ese viviendo es en sí el sentido último de la vida, el significado, propósito y destino. Nada más. Todo el mundo se merece una nada.

Todo es cuestión de percepción y de lenguaje común. Hacer nada puede ser un estado de máxima ocupación, ser "un don nada" sinónimo de vitalidad, y "nada" la descripción de un crear vibrante, una leyenda viva, un ser siendo principio. Por lo tanto, veré los años por venir como nada absoluta, como una oportunidad para sostener nada de nada lo más que pueda. Dicen que sólo se vive una vez, y si lo que se dice es cierto, entonces merezco escurrir la vida hasta el final; por lo tanto, me merezco nada.

viernes, 30 de diciembre de 2016

Las mariposas son libres



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Yo no sé ustedes, pero a mí me estresa. Toda esta expectativa de llegar a la sabiduría. 




Por ejemplo: "Cuando somos jóvenes aprendemos, cuando viejos; entendemos" o, "el joven posee ojos más sanos, pero el viejo ve mejor." No sé, no me conecto en un manual como ese, sino con otro tipo de imperativos, como: "He llegado a la edad en la que si alguien me dice que me tengo que poner calcetines, no estoy obligada a hacerlo".


Hace unos días empecé a contar el número de personas que van por la calle con cara de culo. Es un experimento interesante. A decir verdad, no he visto a muchas personas con cara de trasero, pero tampoco es que vi un montón de gente con cara feliz. La mayoría de la gente iba con el rostro impasible, indiferente, con una cara como de zombi. "Bueno", me dije, "o es que estoy en el set del rodaje del film Guerra Mundial Z II, o está pasando alguna otra cosa." Debo decir que tengo la impresión de que la expectativa de obtener más sabiduría con la edad se ha interiorizado en mí, ya que no dejo de tratar de explicar el fenómeno de la apatía (sin embargo sin éxito, a pesar de los proverbios que abrieron esta columna). "Tal vez no sea apatía, sino algo como un sosiego, una conformidad con parsimonia, una ecuanimidad mental." Me dije a mí misma". Pero, "desde cuándo hay igualdad en este país?" Me pregunté, con falso interés, ya que era una pregunta retórica.

¡Ah, la igualdad! "Lo que el tiempo logra, el ingenio no lo logra", cité de memoria, y "sólo se aprende con la experiencia", continué, en un sorprendente e inquietante impulso. Pero, "¿Por qué debería yo contar personas con cara de culo?" Me pregunté a mí misma, con voz asustada, "por el entusiasmo", respondí sin pensar. "¡Eso es! ¡El entusiasmo es el eslabón perdido!", me dije con entusiasmo. Tal vez es el entusiasmo, la ilusión, la emoción, eso es lo que se desvaneció, lo que nos dijo adiós y no hasta luego. El simple entusiasmo por algo sencillo y transitorio, por la persistente y enana gota de lluvia, plantada ahí, defendiendo sus derechos, sin querer separarse de la ventana del autobús, aún cuando este arranca.

"Si la gente por la calle carece de emoción y de entusiasmo, ¿cómo se podría traerlos de vuelta?", "Y…además, ¿es necesario hacerlo?", me pregunté, esta vez sin falso interés. "¡Sí, sí, hay que devolverlos, yo los quiero!", me respondí, sin dejarme ninguna alternativa. "Las mariposas en la panza son controladas por el sistema nervioso simpático, que le indica al cuerpo que libere adrenalina", me conferencié a mí misma, "pero las mariposas han nacido para la libertad", razoné con esa resistencia que caracteriza a la que no está obligada a ponerse calcetines. Luego caí en una profunda meditación; que sin duda se reflejaba hacia afuera como cara de zombi.

Tal vez las mariposas estén anhelando un lugar de descanso, un sitio a salvo de enemigos y trastornos; porque están cansadas, están rendidas, agotadas por el exceso de adrenalina inyectada en sus pequeños cuerpecitos, por los nervios, la ira, el estrés y la angustia. Así que para la emoción y el entusiasmo ya no queda nada.

La mariposa más grande del mundo se llama Ala-pájaro Alexandra. Se encuentra en los bosques tropicales de Nueva Guinea. Esa es la que yo quiero, una magnífica y maravillosa mariposa. Esa mariposa estaba en peligro de extinción hasta que las autoridades de ese país aprobaron la Ley de Protección de la Naturaleza. Hoy en día esto es una mariposa protegida. Por lo tanto, tengo una sugerencia, o nos mudamos todos a Nueva Guinea, o empezamos a ocuparnos de frenar la extinción de las mariposas de las panzas aquí, en nuestro país.


martes, 20 de diciembre de 2016

La excesiva importancia de la utopía

Estación Ha'Haganá - Tel Aviv


Esa es la pura verdad, y es tan evidente que si se dice en voz alta se desvanece. Esa dichedad que tiene el dicho "la edad no viene sola", por ejemplo, o la excesiva importancia de la utopía. 

Alguien dijo alguna vez que si "lo puedes imaginar, entonces lo puedes hacer". Si es así, la utopía no es una utopía, un imposible imaginado, sino un objetivo a cumplir como cualquier otro, un destino. Su posibilidad, su potencial existencia, queda estampada en el espacio tiempo como una litografía, por sólo imaginar.

Pero la utopía no es un propósito, es un estado de la realidad, así como el vapor es un estado del agua. Se encuentra por ejemplo en la estación de tren Ha'Haganá en Tel Aviv, cualquier jueves, en el barullo coherente y apropiado del mar vuelto personas, en la mezcolanza altruista de patrones genéticos, en el vaivén de olas humanas que se mueven formando remolinos, corrientes, espuma y energía. Aunque haya errores no los hay, ni hay tardanzas aunque haya, ni tampoco hay ostentosos malestares. Hay sólo gente cruzando en diagonal, y en dirección opuesta, y caminando a la par, y yendo al mismo punto, y bajando, y subiendo, y mirando, y viendo, y observando, y hablando y en silencio, y riendo, y sonriendo, y llorando, y besando. La utopía está en esa abundancia pura. En la armonía de esa organización espontanea, en el acoplamiento y la regulación de miles de pies y manos, y mentes, y voces, y señales al unísono.

Ése es el estado de utopía, sin la excesiva importancia de estar obligada a ser un anhelo, un sueño, o una quimera.

jueves, 8 de diciembre de 2016

Todo se transforma




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Científicos
andan diciendo por ahí que en un futuro los días van a tener 25 horas.


Es la mejor noticia que oí esta semana. "¡Una hora más para dormir!" me dije a mí misma, con un entusiasmo emocional parecido a ese que tienen los perros perdidos al reencontrarse con sus humanos.

Es una pena que para eso tenga que esperar 200 millones de años. ¿De dónde voy a sacar las energías? Y ni hablar de eso de que el que espera desespera.


Disertando sobre la energía, y divagando en la red, encontré que ésta "es una propiedad de los sistemas físicos, no es un estado físico real, ni una «sustancia intangible». No obstante, hay quienes han considerado a la energía como lo auténticamente real, ya que, según la ecuación de la equivalencia la masa, que es la medida de la cantidad de materia, puede transformarse en energía y viceversa." 


La energía como lo "auténticamente real", o sea como lo innegable, lo verídico y lo cierto. Hoy me dijeron que tengo grandes energías, y que no entienden de dónde las saco. Yo tampoco. ¿Será que las saco de ahí mismo? ¿De la pura verdad? ¿De la verdad verdadera? ¿De lo auténticamente real? A decir verdad, en general nunca tengo muchas energías. ¿Puede ser entonces que éstas sean solo las energías de los demás que se reflejan en mí? Puede ser, pero solo si soy un reflejo, una refracción, un espejismo, ¿Cómo es entonces que soy también la verdad verdadera?


La simultaneidad es algo fascinante. La energía no es un estado físico real, por un lado, pero puede ser lo auténticamente real, por el otro. La física puede ser filosofía. El arte ciencia, y la masa energía. Y yo, una reverberación maquinal y un fulgor voluntario. O nada que se le parezca.

domingo, 23 de octubre de 2016

Una conversación matinal



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"¿Quizás sea lo mágico lo que se pone a prueba con la edad?" me pregunté en un exabrupto. "La autenticidad de las cosas mágicas se va desintegrando así pasan los años, como un jabón se desintegra cuando queda agua en la jabonera, de manera discreta y sorda", se me precipitaron las palabras. "No es la abstinencia de lo mágico, sino una metamorfosis, una transfiguración de lo fantástico, que engrosa la arruga del medio de la frente", pensé, "o quizás, se trate de una reforma que pone puntos en letras que nunca son la íes, un ajuste, un doblez, en la ciudadanía de los años", expresé en voz alta.



"La rutina tiene un cráneo redondo pero plano, como el planeta tierra fue plano pero redondo en una época. Eso hace de la rutina algo versátil, convertible, algo mágico, en su simultaneidad", me dije mientras miraba el fondo de la taza que todavía mostraba restos de café. Un café que revelaba el reflejo de mi ojo, que me miraba fijamente, confiado y desafiante, como el ojo de un compadrito en un duelo entre pares. "Ese es un ojo mágico", me dije, "como lo es el ojo de la aguja que deja pasar el hilo, aunque la mano que la enhebra tiemble, tenga venas azules y tridimensionales, y la recubra una piel que se ha vuelto seca y blanquecina por los años".



"Lo mágico es como una reacción en cadena", me recité a mí misma, "un proceso con productos adicionales, que una vez iniciado solo puede propagarse hasta que se agote el material". Pero, "¿qué es ese material?", me pregunte, como para seguir la conversación conmigo misma, ya que era una conversación que se estaba tornando densa e insaciable. "Es el infinito", me dije, fantaseando una paradoja un tanto huidiza, pero aceptable, "este mismísimo texto, que produce inmensas vastedades en cada letra, es el testimonio de la existencia de una infinidad mágica, casi tan palpable como la arena de las playas", me terminé diciendo, dando entonces por terminada mi pretérita conversación matinal, evitando así cualquier malentendido de mi parte.

martes, 18 de octubre de 2016

El encanto de no pertenecer



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[...] ¿Les ha pasado que viajaron a otro país, y entre todo lo que hay para disfrutar del hecho, disfrutaron especialmente de no pertenecer? A mí me pasa cada una de las veces. Ya desde el avión, mientras diviso a esos autitos en esos pavimentitos que dividen esas casitas, sabiendo que no soy parte de todo ello, me siento plena y reconfortada.

Es un no pertenecer suficiente, no extremo. Las casitas no me son totalmente extrañas, ni yo no les soy totalmente extraña a ellas, solo lo suficiente para el encanto de la inercia. Es el no pertenecer, pero no llevado a su máxima potencia, sino llevado una potencia que encaja con la inercia de la no existencia, con ese sentimiento divino que comienza a partir del avistamiento de vida desde la ventanilla del avión; de vida en forma de luces de una ciudad lejana, que emana sus reflejos vívidos al cielo, su esencia ciudadana, su potencialidad. Pero simultáneamente, emana también su inercia de contratos vencidos, de semáforos rotos, de mordidas de perros a vecinos incautos, de ventanas con persianas trabadas, de tarjetas de crédito robadas, de niños llorando, de madres llorando. Son inercias paralelas, como universos paralelos, se intuyen pero no se ven ni se tocan. Desde mi estado, en mi universo de inercia para-existencial, soy como un cuerpo celeste de gran masa, casi como un agujero negro, o como una estrella de neutrones. Tengo un campo gravitacional que atrae todo lo bueno de no existir, pero existiendo.

Mi no-existencia es tal, que puedo sumarme o no sumarme a cualquier pensamiento o estado de ánimo. Puedo usarlo todo o no usar nada. Soy como un gato callejero que se cuela a una casa por la ventana de la cocina, miro desde afuera, pero a la vez soy parte. Una estela de bienestar, de desahogo, me sigue atrás; soy como una estrella fugaz, como un aguacero de verano que arranca de las baldosas ese aroma tierno y húmedo que tenían reprimido. El ardor de la ciudad no me pertenece, ni yo a él. El no pertenecer es como un sopor, un letargo, un adormecimiento, pero habitado por la mismísima realidad, por la elocuencia; como un sueño vívido que sobrevive a la memoria.

Es la practicidad del aterrizaje del avión de vuelta la que me extrae de mi sueño vital. Tendría que tomar el no pertenecer liberador como una práctica, así como un deporte o como un juego. Ser capaz de acceder a él como los iniciados acceden a un secreto milenario, así como un bebé accede al secreto de los bípedos, o como una ameba accede al potencial infinito, y se rellena de él como un raviol. La no existencia de los viajes no es igual a la sensación de no pertenecer que me sabe acompañar en tierra conocida. El no pertenecer del exterior tiene encanto de flauta mágica, tiene supremacía y señorío. Tal vez necesite una ignorancia inocente, una sin capacidad de sospechar ni de juzgar, pero suficientemente sabia como para resistir cualquier aterrizaje. La inercia de la no existencia seguramente atiende a las leyes de la física, pero una buena ignorancia nunca es un mal punto de partida para el encanto de no pertenecer. [...]



martes, 11 de octubre de 2016

¿48 y todavía "multipotencial"? Confesiones de un trasero de mal asiento




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Dibujo a4 por la artista Holly Madeley


Hasta hace poco pensé que yo era simplemente un sapo de otro pozo, un trasero de mal asiento, una inetiquetable, una inconforme permanente, una con hormigas en las cachas, una inconstante, una intranquila de nacimiento, una con síndrome del eterno estudiante, un pulpo tratando de ponerse una camisa diseñada para dos brazos. Ahora no me quedo mucho más tranquila. Ahora sé que yo también tengo una etiqueta, y esa es "multipotencial", soy una persona "multipotencial". ¿Qué suerte?


No soy la única, ni el término persona multipotencial se inventó para mí. Es usado para describir a aquellas personas que tienen variedad de intereses, curiosidad invencible, y empuje creativo; y que no son capaces de contestarse nunca a la pregunta de qué quieren ser cuando sean grandes. Mis definiciones profesionales hasta ahora son las siguientes (según las distintas épocas de mi vida, aunque pueden ir y volver): actriz, cantante, maestra de teatro, coach, facilitadora grupal, desarrolladora de contenidos, impartidora de talleres, socióloga (nada me demuestra que terminará allí). Mis intereses son variados (puedo pasar horas hablando y estudiando sobre cada uno, en la red y en otros sitios): física cuántica, astrofísica, arqueología, sociología, improvisación, fenómeno ovni, parapsicología, psicología, jardinería, decoración, relaciones humanas y comunicación interpersonal, escritura, lenguaje corporal, espiritualidad y religión, geometría fractal, antiguo Egipto, y otros tantos. Tengo la plena seguridad de que podría dedicarme a cualquiera de ellos (quizás no a la física, ya que aunque la matemática me es fascinante, es una tortura para mí. Debo sufrir de dyscalculia, aunque no fui diagnosticada). Soy de decir que ojalá pudiera vivir 140 años, ya que ¿por suerte? Me interesa absolutamente TODO.

Mi currículo parece el de varias personas distintas, así que tengo varios resumes distintos, uno para cada ítem. Y sí, me gusta mezclar ideas que "pertenecen" a distintos campos, conectar entre cosas que parecen sin conexión. La capacidad de sintetizar ideas que vienen de campos diferentes debería ser un don, pero no siempre es visto así, a veces incluso está mal visto, como si yo hiciera de TODO una única ensalada. Mi capacidad de aprender rapidísimo debería ser una ventaja, pero a veces es visto como "falta de profesionalidad". La adaptabilidad que me caracteriza incluso puede ser vista como algo insatisfactorio en ciertos momentos o en ciertos círculos. Mis intereses pueden irse y volver o aparecer nuevos, pero nunca son solo uno o dos. Suelo entrar en un tema que me interesa, estudiándolo hasta consumirlo, y entonces otro tema surge como interesantísimo para mí.

"¿Cuál es el subtexto de mi inconformidad permanente?", me pregunté, con la esperanza de contestarme, y así poder arreglar mi condición y llevarme a la normalidad "¿Por qué no puedo dedicarme a una sola cosa por los años de los años como todo el mundo?", me imploré. "El problema es que me rehúso a elegir", me dije entre dientes. Llegué a esa percepción ayer por la mañana, mientras presenciaba una charla sobre lenguaje corporal, dictada por una "experta" en lenguaje corporal, que estaba acompañada por un actor, que actuando, demostraba en escena las distintas maneras de expresarse. "OK"…me dije a mí misma con tono condescendiente, solo por cortesía hacia mí, "la experta está haciendo lo que tú haces en tus talleres, solo que tú lo haces todo, también explicas y también actúas, tú puedes hacerlo, entonces por qué tú no estás considerada una experta?", me formulé en tono inquisidor, y sin cortesía alguna, "pues porque para que se te considere a ti una experta en eso tendrías que dedicarte únicamente a eso, durante varios años", me contesté, "no se trata de lo PUEDES hacer ¡MENTECATA! Sino de lo que QUIERES hacer". "Ahora todo está más claro", me dije, admirada, "¡PERO QUÉ SEMEJANTE MOJÓN!", rematé.

"¿Quizás esta condición sea la causa de mi permanente ansiedad?", me pregunte, ya que si no termino eligiendo algo específico, y descartando todas mis otras pasiones, quizás nunca pueda desarrollar una carrera. Pero si me limito, viviré con el veredicto más cruel: el aburrimiento. He aprendido del entorno que no quedarse con una sola cosa es algo que está mal, que la "multicidad" es nociva, que mi curiosidad y la necesidad de saciarla es un problema, que debo concentrarme en una sola cosa, que ocupar el tiempo en varias cosas es no menos que una trampa que me llevará al vacío. Pero en realidad la pregunta de qué quieres ser cuando seas grande es la verdadera trampa. Esa pregunta te enseña a concentrarte en una sola cosa, ya que se espera de ti una única respuesta. Hasta hay un proverbio que ayuda a la internalización: "el que mucho abarca, poco aprieta".

No, no soy experta en algo que se pueda enunciar en una sola palabra, y quizás nunca seré una especialista. Queda claro que mi especialidad es no especializarme. ¿Problema? No. Nadie puede convencerme de que mis capacidades analíticas, de que mi capacidad de síntesis, de que mi manera ágil y veloz de aprender cosas nuevas, de que la pasión que me caracteriza, y las ganas de crear cosas nuevas desde las encrucijadas entre las distintas áreas, es un verdadero problema. "De ahora en más no consideraré mi rehúso a elegir como un problema", me declaré a mí misma con amor; y me dicté lo siguiente: "de ahora en más bucear en los temas que me apasionan y aprender variadas cosas no será ya visto por mí como una pérdida de tiempo que aumenta mi ansiedad, sino que así veré el intento de ser lo que no soy".

Si existen entre mis lectoras algunas almas que se han visto reflejadas, entonces mis queridas multipotencialidades, adoptemos nuestras capacidades como nuestra especialidad más apreciada. Nada nos hará más feliz, ni menos exitosas.


*Tu comentario siempre es bienvenido en este blog.

sábado, 8 de octubre de 2016

"Si hay piñas yo voy"



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Eso le dije a mi marido anoche, en un tono confiado y decidido, que me sorprendió incluso a mí. Le dije: "Si hay piñas yo voy" desde la cama, acostada e inmóvil, con un terrible dolor de cuello y espalda por una contractura muscular, mientras me identificaba con el personaje de Larry David en "Whatever Works" de Woody Allen. Mi marido acababa de regresar de su primera clase de Tai Chi y me dijo que en la clase hubo también un arte marcial con unos golpes ficticios. "Ahhh golpes!" Me dije a mí misma, "lo deseado no se encuentra y lo que se encuentra no es deseado, pero encontrar es bueno, y cuanto antes mejor". Boris, el personaje de Larry David en la película diría: "una vez fui nominado para el premio Nobel, pero ¿cuál es el punto?"

Naturalmente, mi asociación libre me condujo a un pequeño incidente de hace un años o dos: me encontré con una chica que hizo la secundaria conmigo, y ella me dijo sin vacilar "¡no cambiaste nada!", como un cumplido. En ese momento lo tomé realmente un cumplido, incluso se lo copié y se lo dije exactamente así a otra persona que hacía mucho que no veía. Pero entonces, viendo su reacción, me di cuenta de que esa oración estaba lejos de ser un cumplido. Era una piña. Mientras seguía la charla con esa persona que hacía mucho que no veía, mi atención se dividió en dos. "Honestamente, ¿qué es exactamente lo favorecedor de no cambiar nada?" Me pregunté a mí misma del otro lado de la atención. "Si se puede llegar a hacer penicilina de un pan duro, entonces se puede hacer algo de mí, algo que podría despertar una declaración como ¡cómo has cambiado! que sería preferible para mí que una declaración como ¡no cambiaste nada!". Estoy segura de que su intención era felicitarme por mi apariencia física, algo así como "¡¿47!? ¡No parecés!", que tampoco tomo como un cumplido (a un desarrollo de pensamientos como este lo llamo "síndrome de sobre-pensar", que hace que todo el subtexto suba a la conciencia permanentemente), "cambiar es bueno", pensé, "siempre y cuando el cambio sea para mejor."

"¿Pero por qué golpes?", me pregunté, pues porque las olas golpean las rocas y hacen de ellas playas de suaves y preciosas arenas; y los rayos golpean la arena, y hacen de ella bellísimos diseños de vidrio. "¿A quién estoy tratando de engañar con esta frase tan poética?", pienso mientras escribo. "Golpes por la sensación de poder y de control, piñas porque es un entrenamiento con propósito", me dije a mí misma. De todas formas, no estamos hablando de golpes de verdad, sino sólo de un entrenamiento, como en el Kickboxing, de golpes al aire. Aún así, el movimiento tiene un fin, un propósito, tiene subtexto, y yo necesito del subtexto. Durante años entrené Kickboxing en casa, hasta que las células que componen mis vértebras cervicales comenzaron a comportarse como células terroristas, y mi cuello empezó a actuar como un asiento de colectivo, siempre está tomado. "Me estoy volviendo nostálgica", pensé, pero la nostalgia ya no es lo que era antes, quizás debería sopesarlo.

"Las escaleras mecánicas nunca se descomponen, simplemente se convierten en escaleras", leí en alguna parte. "¿Tal vez ir al curso de piñas no sea una mala idea?" Me pregunté, y a continuación me contesté a mí misma en el lenguaje de los proverbios, "La vida no se mide en años, sino en hechos". Eso es discutible, pero si todo el tiempo espero al futuro, este será más corto. "Esta es una oportunidad para ponerse nuevamente en forma", me dije. Es como cuando alguien te sirve el desayuno en la cama, tú debes decirle "gracias", no decirle "¿quién eres y cómo diablos entraste a mi casa". Así que tal vez sea el momento de golpear de nuevo, de ponerse las zapatillas y de pelear contra el aire. Quizás tenga razón el dicho que dice que "sólo quien respira el polvo de los caminos podrá llegar a inhalar el aire fresco de las cumbres", quizás no. Lo que es seguro es que debería cambiar algo en mi rutina, cambiar por cambiar nomás, para ser capaz de decirme "¡cómo has cambiado!" la próxima vez que lleve una conversación conmigo misma, y pueda responderme con orgullo: "¿Has visto? ¡Y todo gracias a ti!"


lunes, 3 de octubre de 2016

La increíble transformación



"La increíble transformación del perro que se convirtió en piedra." Con un título así, ¿quién puede resistirse a leer el artículo? me dije a mí misma un calurosísimo mediodía (que seguramente era el prototipo del clima caluroso), mientras me fundía en la silla frente a la computadora, como se funden los glaciares del polo norte por el calentamiento global.

En primer lugar, el título tiene la palabra "transformación", una palabra a la que ya nos acostumbramos por los innumerables programas de televisión emitidos en los últimos años, que usaron la palabra "transformación". A veces parece que todo objeto inanimado y todo ser vivo han pasado por una transformación, o deberían; desde casas, mujeres, hombres, y hasta perros y gatos..."

Pero volviendo al título del perro, de inmediato hizo que me preguntara algunas cosas, por ejemplo: ¿La transformación es que el perro se convirtió en piedra? ¿O en que volvió a ser perro, después de haberse transformado en piedra? ¿Estará en el tipo específico de piedra en la que el perro se ha convertido? De hecho, ¿de qué tipo de piedra estamos hablando? No hay escape, hay que leer el artículo.

En el exacto momento en el cual puse la mano en el máus para hacer "click" en el link al artículo, un pensamiento intuitivo y exacto vino a mí, como una revelación: "Hay un hombre cuya profesión es escribir títulos". Ese hombre tiene un número infinito de títulos útiles en una enorme base de datos que le pertenece sólo a él. Es un profesional de los títulos. Tiene títulos de artículos, cuentos y textos de todo tipo, como la naturaleza tiene pétalos de flores, por miles de millones.

A pesar de que su profesión no es una profesión que se aprenda bajo el título de "escritura de títulos", ya que carece de título por sí misma, igual existe. Seguro que ese hombre vive en una casa donde las paredes están empapeladas de chistes Bazooka. Tal vez él sea el que escribió los titulares de los chistes. Tal vez sea el mismo hombre cuya voz se oye de fondo, cada noche, diciendo: "Noticias 10, con Tamar Ish Shalom", en el canal 10. Sin duda es un hombre de títulos.

El título es el currículum del artículo, pensé (habiéndome vuelto ya parte integral de la silla de la computadora, al igual que los glaciares derretidos ya son parte integral de los océanos). Pero el título no es el resumen de la historia porque dice algo sobre el artículo, sino porque es un tipo de documento que hace que seleccionemos en "sí" y "no", como si fuéramos empleadores potenciales clasificando los currículos de los postulantes. Es una evaluación que se lleva a cabo así: "sí" (leer el artículo) y "no" (no leer el artículo). Nosotros lo sabemos, y el hombre de los titulares también lo sabe. El mismo título "CV", que la mayoría de la gente escribe en la parte superior del currículum (y están seguros de que la idea viene de ellos), procede en realidad de él, de su base de datos infinita. Es una profesión que pasa de padres a hijos, de madres a hijas, en una dinastía familiar que gobierna los titulares de los acontecimientos históricos.

Una cosa es el título, y otra cosa es la historia, me dije en voz alta. Grandiosos artículos, interesantes, intrigantes, excitantes y profesionales, pueden caer en la clasificación del "no" del lector, si el hombre de los títulos comete un error. Por lo tanto, el hombre titular debe dedicar su vida al mantenimiento, al desarrollo, y al pulido de títulos. Palabras clave seguramente pasan de generación en generación en su familia. El hombre debe entrenarse permanentemente en encontrar el titular correcto, y no hay duda de que su vida está llena de sentido. Aún así, la gente no ama al hombre título. Titulares de terribles desastres, homicidios, accidentes y otras catástrofes, son los más solicitados. Por lo tanto, él y su dinastía familiar se mantienen en secreto, y no tenemos ninguna información sobre su identidad. Así, la gente no puede culpar o castigar al mensajero.

"El hombre sentido de la vida al que nadie ama, es el hombre título", escribo en un papelito y lo pego en la primera página de mi nueva agenda del año 5777. Cierro la agenda como quien cierra la puerta de la alacena donde están los chocolates y las papas fritas, sabiendo que enseguida la voy a volver a abrir para sacar otra cosa. Tal vez lo que saque sea "La increíble transformación del hombre título que se transformo en amado". Sí, pensé, ya que la esperanza es lo último que se pierde. Mientras tanto, me tendré que conformar con "La increíble transformación del perro que se convirtió en piedra."



viernes, 23 de septiembre de 2016

Vivir sin cabeza





"¿Usted es profesora?" me preguntó la bibliotecaria de turno, "no…estudiante…de post  grado", dije, con la esperanza de que la explicación justificara la confusión de la bibliotecaria. Para ella, es obvio que una mujer de mí edad, que está buscando materiales teóricos en la biblioteca universitaria, no puede ser estudiante, sino profesora, y para mí es obvio que no cumplir con las expectativas de la bibliotecaria es enteramente mi culpa; después de todo, siempre quise ser "alguien", solo que ahora me doy cuenta de que debería haber sido un poco más específica.

Mientras que la bibliotecaria volvía a ocuparse en sus propios asuntos, me susurré a mí misma con firmeza improvisada: "mejor pájaro en mano que cien volando", y caminé hacia el ascensor, inmersa todavía en mis pensamientos sobre el destino de los ciento un pájaros. Las puertas del ascensor se abrieron muy lentamente, como de forma deliberada, lo que hizo que me surgiera la siguiente pregunta: ¡¿Por qué diablos son tan importantes los logros, las metas y carreras!? ¿Y quién necesita de cumpleaños?! Así que decidí ir de acuerdo con las puertas del ascensor y en contra del acondicionamiento social, de la socialización, de la imagen, y de la mar en coche (y por supuesto en contra de las bibliotecarias). Tomé una decisión: ser un pez fuera del agua, una desviada, una rareza, un sapo de otro pozo, una anomalía, una irregularidad, una excepción. Ya que voy a ser una anomalía, entonces seré una bien lograda. A fin de cuentas hay que tener un logro en alguna cosa en esta vida, ¿no es así?

"¡Qué impresionante! ¡¿Trajiste a tu mamá!? ¡La mía jamás se hubiera animado!" Así nos dijo a mis hijas y a mí una jovencita de cómo catorce años, una noche, mientras esperábamos en la cola del laberinto de terror "Nigthmare", un juego de miedo concurrido por adolecentes. Claro que la chiquilla no podía imaginarse que en realidad fui yo la que traje a ms hijas con migo. Eso sería algo de una tamaña rareza. Una irreguralidad. Se dice que un niño de cuatro años de edad pregunta aproximadamente unas 240 preguntas al día, igual que yo, a pesar de mis 48 primaveras. Mi vida está repleta de irregularidades.

Volviendo al tema de los logros, ¿cuántos logros debería de tener una cuarentona en su currículum? ¿Y cuáles deberían ser esas metas logradas? ¿Y su jerarquía? Quizás un logro sea sólo un efecto colateral de lo que se intenta. En ese caso lo realmente importante sería lo que se intenta. 

Pero hablando de la importancia de los logros, de hecho las cucarachas tienen un logro impresionante, ellas pueden vivir sin cabeza durante semanas. Entre nosotras, a mí también me gustaría vivir sin cabeza por un par de semanas, aunque más no sea por el logro; después de todo, todo en la vida es cuestión de imagen.


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